Beatriz Bencomo | Influencer
No olvidemos que entre la etiqueta y la persona hay un abismo, y en ese abismo vive todo lo que vale la pena conocer
La palabra me queda extraña. Influencer es alguien que el algoritmo reconoce y premia, eso parece. Yo no bailo. No vendo. No prometo transformaciones en siete días ni doy lecciones. Soy una madre de familia que piensa en voz alta, cerca de una ventana que decidió abrir.
¿Columnista? ¿Activista? ¿Mamá que escribe? Todo eso y más. Y ahí está el problema. Las etiquetas son letales para la comprensión. Miro mi feed y veo las que yo misma construyo. Gente Rara, El Condotiero. Como si nombrando pudiera contener. Pero cada etiqueta oculta más de lo que revela. El caricaturista que hace antropología, la anfitriona que es artista visual, el empresario que es poeta. Todos invisibles bajo la primera palabra.
Hace 43 semanas publiqué por primera vez en Instagram. Desde entonces escribí sobre elecciones y abrazos postergados, sobre mi familia, sobre lo que arde lejos y lo que duele cerca.
Y mientras escribía, una generación enmudecía. El 28 % publica menos que hace un año. Los jóvenes eligen el posting-zero. Pero el silencio tiene raíces más hondas.
Lo explicó Faro Digital con una lucidez que me detuvo. “El problema no es el smartphone: es lo poco que queda cuando todo lo demás falla”. La relación compulsiva con las pantallas habla menos de los dispositivos y más de una vida empobrecida por el trabajo, la precariedad y la fragilidad de los vínculos. El péndulo pasó del tecnoutopismo al pánico moral, y pedir ley seca digital esquiva el problema central, un ecosistema diseñado para concentrar poder y atención.
Las redes se reinventan dentro de sí mismas en espacios donde la intimidad emocional no es exhibición ni maniobra sino ofrenda, y es absolutamente necesario rescatarla. Cuando la intimidad se retira de lo público, el lenguaje se vuelve deshumanizante.
Sin ella, dejamos de encontrarnos. Y si hay influencers capaces de practicarla sin instrumentalizarla, entonces me apunto.
Pero no olvidemos que entre la etiqueta y la persona hay un abismo, y en ese abismo vive todo lo que vale la pena conocer.