Arturo Moscoso Moreno | Salem sigue vigente
Y lo peor no es solo que personas concretas puedan ser destruidas. Es que se degrada la idea misma de la justicia
Hace poco leí Yo, Tituba, la bruja negra de Salem. Extraordinaria novela que le da voz a una mujer condenada por brujería, pero también es una advertencia sobre lo que pasa cuando una sociedad decide que acusar es suficiente para condenar. Esa lógica no murió en Salem. Hoy sobrevive, con nuevos ropajes, en los juicios morales y la cultura de la cancelación que dominan las redes sociales. Cuando lo que se quema no son cuerpos, sino reputaciones.
Tituba no fue condenada por hacer magia, fue condenada por existir. Mujer, afro, esclavizada, extranjera, sin red de protección alguna. En ella se concentraron todos los miedos de una comunidad dominada por el fanatismo religioso, el racismo y el machismo. Salem no necesitaba pruebas, necesitaba culpables, y Tituba era perfecta para ese papel.
La caza de brujas no fue un exceso aislado. Fue un sistema que funcionó porque el miedo anuló la razón y se dejó de buscar la verdad para encontrar alivio. Tituba entendió pronto que los hechos importaban menos que una historia que calmara el pánico.
Hoy no hay hogueras, pero sí tribunales digitales donde una denuncia viral convierte a cualquier persona en culpable. Ejemplo reciente es el caso de Julio Iglesias, denunciado por presuntos abusos. No escribo esto para defenderlo. No conozco los hechos y no me corresponde absolver a nadie. Lo que sí defiendo es el debido proceso y la presunción de inocencia. Sin investigación, sin pruebas, sin sentencia solo hay show, no justicia.
Y esa es la lógica de las redes sociales. Antes de que hablen los tribunales, ya se dictan veredictos. Se exige condena y cancelación inmediatas. La acusación se vuelve sinónimo de culpabilidad y quien pide cautela es acusado de complicidad. La emoción desplaza a la razón y la indignación ocupa el lugar del derecho, como en Salem.
Y lo peor no es solo que personas concretas puedan ser destruidas. Es que, al normalizar estos linchamientos simbólicos, se degrada la idea misma de la justicia. Eso es lo que hace tan actual a Tituba, no como figura del pasado, sino como advertencia de que Salem sigue vigente.