Arturo Moscoso Moreno | La banalidad del mal
El mismo tipo de inquietud moral resuena hoy en Minneapolis
Hannah Arendt, en Eichmann en Jerusalén, acuñó el concepto de la banalidad del mal cuando describía a Adolf Eichmann, uno de los arquitectos de la “solución final”, no como un monstruo excepcional, sino como un burócrata que obedecía órdenes ciegamente y no las razonaba moralmente. El horror no residía en una maldad demoníaca, sino en la incapacidad de determinar si lo que se hace está bien o mal.
Ordinary Men, estremecedor documental sobre los Einsatzgruppen nazis, aporta un matiz más inquietante. Sus miembros, que fusilaron a miles de judíos en Europa del Este, podían negarse a participar en las masacres. Y aun así, la mayoría lo hizo. No fue solo obediencia, fue adaptación social, presión de grupo, normalización de la violencia. La responsabilidad individual se difumina no porque exista obediencia ciega, sino porque la decisión de matar se vuelve “lo que corresponde”.
En Zona de interés, la película que explora la vida cotidiana de una familia vecina de Auschwitz, esta idea se potencia de manera escalofriante. Las cámaras de gas no están en primer plano, sino en la vida diaria, los jardines, los cumpleaños, pero el ruido se filtra desde el campo de concentración. El mal no solo actúa a través de órdenes, se vuelve ambiente, se inserta en la normalidad, que deja de ser lo opuesto a la barbarie.
El mismo tipo de inquietud moral resuena hoy en Minneapolis, donde un operativo de ICE terminó con la vida de Alex Pretti, baleado por agentes durante una protesta sobre control migratorio. Un episodio que ha desatado protestas masivas por el uso excesivo de la fuerza en Estados Unidos.
Y aquí no estamos hablando de nazis de los años 40, sino de agentes con uniforme en una democracia moderna. Sin embargo, las defensas oficiales, las narrativas que reducen la responsabilidad o la presentan como uso legítimo de la fuerza, son ecos de esa banalidad del mal que Arendt describió. No solo obedecer órdenes perversas, sino hacer que la violencia parezca normal, justificada y compatible con una vida ‘respetable’. Un concepto que sigue entre nosotros, normalizando lo intolerable.