Premium

Arturo Moscoso | Benito

Avatar del Arturo Moscoso Moreno

El espectáculo más estadounidense del planeta tuvo como figura central a un puertorriqueño cantando en español

Nunca me gustó mucho Bad Bunny. No entendía el fenómeno. Ni la música, ni la estética, ni el entusiasmo que generaba. Me parecía que tenía más ruido que ritmo, una moda más, algo destinado a pasar, un reguetonero del montón. Pero el tiempo, y sobre todo su último disco, hicieron que empezara a verlo de otra manera. El medio tiempo del Super Bowl terminó de incidir en esas percepciones.

Es que eso no fue solo música. Fue un potente gesto cultural. El espectáculo más estadounidense del planeta, la liturgia civil que se vive año a año en ese país, tuvo como figura central a un puertorriqueño cantando en español. Y no en un español neutro, internacional o pulido, sino en el suyo, el caribeño, ese que a veces ni se entiende. Lo hizo sin traducirse y sin suavizarse, en un momento en que la migración, sobre todo la latina, es criminalizada y usada como amenaza cultural. El show fue también una forma de decir “estamos aquí y no nos vamos a ir”.

Y ahí estaba el niño dormido en tres sillas durante una boda, como en cualquier fiesta latinoamericana. La tienda del barrio, con la señora que parecía sacada de cualquier esquina del continente. La salsa sonando sin pedir permiso y Lady Gaga convertida en invitada a una fiesta ajena, bailando como podía (yo bailo peor). Todo en español. Todo sin complejos.

Por supuesto, no podían faltar los guardianes de la alta cultura latinoamericana que nos explicaron, con seriedad académica, que Bad Bunny no es un referente cultural, que canta mal, que no se le entiende y que eso no representa a nadie. Es posible. A mí mismo no me gustaba. Pero convendría recordar que la cultura no siempre llega en traje de lana fina ni con prólogo de editorial universitaria; muchas veces se filtra por donde menos gusta.

Así, lo que se vio en ese escenario fue un latino cantando en su idioma, con sus códigos, en el espectáculo gringo por antonomasia, con dos mensajes demoledores: que solo el amor es más fuerte que el odio y que América somos todos, aunque a muchos no les guste. Puede no gustarnos su música. Pero el gesto fue enorme. Y ese gesto tuvo nombre: Benito.