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Andrés Isch | A ciegas

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No es normal tener que revisar semana a semana las proyecciones y lluvias y caudales para adivinar si se va a poder trabajar

Hace mucho tiempo que el Ecuador vive en la oscuridad, a veces con apagones, otras veces, cuando los designios del clima son favorables, sin racionamientos, pero siempre vendados los ojos por un pernicioso dogmatismo que se ha logrado colar en cada estamento de la vida pública, incluyendo en el criterio de algunos magistrados de la Corte Constitucional. Esas creencias nos dicen que lo privado es perverso y que el éxito es ilegítimo. Y bajo ese mantra, desde hace décadas, nos guían al despeñadero.

Así, mientras seguimos teniendo una Constitución que pone todas las fichas del desarrollo en un estado obeso e insostenible, los pocos resquicios por donde se puede encontrar alivio en la inversión privada son cerrados como lo hizo la sentencia 112-21-IN/25, chocando con una realidad que por todos es conocida. Por todos, menos por seis magistrados que parece no se han enterado de que el fracaso en la provisión de servicio energía por parte del Estado nos tiene condicionados a vivir en una permanente excepcionalidad desde hace décadas. No es normal tener que revisar semana a semana las proyecciones y lluvias y caudales para adivinar si se va a poder trabajar.

Es tan absurdo el modelo que nos somete a la gestión de empresas como CNEL, que malgasta tanto los recursos que si el año anterior no se tomaba la decisión de declarar la nulidad del contrato colectivo su patrimonio habría desaparecido por completo para el 2028. Esta empresa pública tiene un 12% más de pérdidas de energía que el resto de las empresas eléctricas, equivalente a 300 millones anuales, y contingentes laborales por otros 350 millones. Un problema que no es nuevo ni de un solo gobierno: en promedio, utiliza apenas un 6% de su presupuesto para mantenimiento y 7% para inversión, una tercera parte de lo que gasta en personal (donde el porcentaje de cargos agregadores de valor es inaceptablemente bajo).

El sector eléctrico tiene históricos problemas de corrupción e indolencia, pero el más grave es ideológico. Son esos conceptos del estado centrista los que deterioran la infraestructura a la misma velocidad que el país pierde la razón. Sobre esas ideas es que debemos encender la luz.