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Abelardo García Calderón | Sumergidos en violencia

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La violencia no nos espera a la vuelta de la esquina: la dejamos crecer dentro de nosotros

Desde lejos nos llegan las noticias de que un padre y un hijo mataron a dieciséis personas y dejaron otras heridas. En California se revela la autoría de un hijo en el asesinato de sus progenitores. Acá, cuatro hijos del norte de Guayaquil son acribillados en presencia de su padre. Una pelea de noviecitos se viraliza por maltrato físico. Una golpiza entre dos señoritas sacude nuestras redes, dejando ver, como clara característica de todo lo que hemos mencionado, el nivel de violencia al que la humanidad ha llegado.

Y, otra vez, alzamos el grito al cielo e invocamos los principios y valores perdidos, sin caer en cuenta que los seres humanos actúan de mayores como han sido criados y construidos en la niñez.

La violencia no nos espera a la vuelta de la esquina: la dejamos crecer dentro de nosotros y la trasmitimos como fenómeno social.

La sembramos desde la explosión verbal: cuando gritamos, cuando insultamos, cuando maldecimos y menospreciamos.

No son pocos los profesores que habrán escuchado de algún representante decir: “pero él no tiene la culpa, su papá habla así”. Porque a la mala palabra, a la expresión vulgar, le hemos dado permanente presencia, sin importar que en el auditorio estén hijos menores que, obviamente, al aprender por imitación, repiten lo escuchado.

Alguna vez oí a una madre insultar a gritos a su hijo y, de violencia verbal, pasamos a la cotidiana: a la que surge de la agresividad al referirse al otro, al pedir algo, al ordenar.

La violencia psicológica, el acoso y los abusos son el pan de cada día; de ahí a las manos o a las armas es cuestión de un solo paso, de una oportunidad, de suerte no deseada.

Cuando les decimos: “si te pegan, pega”; “no te dejes”, “¿acaso no eres hombre?”, estamos incitando, mostrando camino, dejando la puerta abierta para que la violencia florezca, porque en sus manos ya germinó a través de tantas pantallas y de las redes.

Erradicarla no es fácil, pero todos debemos empeñarnos en ello, formando a los niños desde pequeños, pidiéndoles vivir conceptos de justicia, autoridad, respetabilidad del otro, o autocontrol.