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Abelardo García Calderón | ¡Son hijos, no dardos!

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La imagen paterna o materna se destruye, se pulveriza y se hace añicos en la mente de los hijos

Hemos escuchado muchas veces la frase: “cuando el hambre entra por la puerta, el amor se va por la ventana”, y sí, suele pasar, especialmente en aquellas parejas cuya unión no estuvo sólidamente fundamentada en los sentimientos. Sin embargo, hoy existen muchos otros motivos por los cuales las familias se desintegran y se vuelven, como decimos, disfuncionales.

En ocasiones, debido a la forma en que se originan algunos matrimonios, sobre todo aquellos basados en intereses económicos, sociales, familiares o incluso forzados, y no en un verdadero conocimiento mutuo, empatía, complementariedad ni un compromiso de permanencia y trascendencia, las parejas terminan fracturándose y disolviéndose rápidamente.

No es nuestra intención abordar el rol que desempeñan los expertos en orientación familiar; más bien, en esta nota, nos enfocaremos en las huellas y marcas que quedan en los hijos, especialmente cuando el divorcio se maneja de forma conflictiva, convirtiendo en enemigos a quienes otrora fueron amantes. Es en ese punto donde se cometen graves errores, pues, en medio del choque de emociones y resentimientos se olvida que quienes se divorcian son los padres entre sí, y no de sus hijos.

Los deslices, las infidelidades, el más claro concepto de una mujer autosustentable, que dejó de ser una cosa que pasaba de la tutela del padre a la del marido, vuelven en ocasiones cruel y duro el proceso, confundiendo a los progenitores, quienes terminan utilizando a los hijos como parte de su estrategia de separación.

Se influye o se intenta influir en lo que ha de decir, lo que debe contar o, simplemente, se les habla mal del otro, presentándolo como culpable y responsable de todo. Esto genera resentimientos que se profundizan, dañan los lazos filiales y destroza al alumno que aprende.

La imagen paterna o materna se destruye, se pulveriza y se hace añicos en la mente de los hijos, causando daños inimaginables en personalidades que aún están en proceso de formación y que terminan resintiéndose, ahogándose y frustrándose en medio de una profunda decepción.

¡Son hijos, no dardos!