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Abelardo García Calderón | ¿Estamos preparados?

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Hoy resulta que quien triunfe en la tecnología navegará los mares de la victoria

Allá, en los albores de la historia, cuando aparece la rueda, surgen los carros y el caballo se vuelve motor esencial, el que dominaba la tierra era dueño del mundo.

Más tarde, cuando Portugal, España e Inglaterra construían sus imperios, el que dominaba el mar era el victorioso.

Para la Segunda Guerra Mundial, en el siglo pasado, el dominio aéreo fue la esencia y razón de ser del poder.

Para la Guerra Fría, la mirada saltó al espacio.

Y hoy resulta que quien triunfe en la tecnología navegará los mares de la victoria.

Y es que la ciencia, que aceleradamente se empina sobre sí misma, y la tecnología, que cruza como un relámpago todos los haceres y experiencias, entregarán el galardón del nuevo poder a la nación que demuestre sus capacidades y esté lista para el manejo de estas nuevas herramientas que, sin duda, vinieron para quedarse y construirán el futuro.

La educación, por tanto, tiene una vez más que readecuarse.

Debe preparar al individuo para manejar la ciencia, sabiendo hacer uso de cuanta herramienta tecnológica esté a su alcance, reconociendo que el mejor manejo del tiempo y la mayor presencia de creatividad y reinvención marcarán las pautas.

Pero, ¡cuidado! No todo es cognitivo, científico y técnico.

El ser humano que se enfrente a esos retos debe tener una clara conciencia para dar buen uso a los elementos que utilice; sin una base ética, sin una moral consistente, el riesgo de daño estará omnipresente.

Las aulas deben estar preparadas, entonces, para comenzar ya a trabajar en esa inteligencia que se requiere, y en esa base humana fuerte y consistente que se necesita para hacer una clara diferenciación entre el bien y el daño, entre lo deseable y la destrucción de la sana persona humana.

Trabajemos, pues, en los niños y jóvenes que hoy estudian, pues a ellos les corresponderá enfrentar la vida. El reto es grande para nosotros, los educadores porque, como nunca, se nos exige visión profética para darle al alumno de hoy el dominio del mañana, sin quiebres morales, sin depresión ni falta de coraje.