Síndrome del malandrín
Es terrible la consecuencia de esta forma de corrupción
La corrupción en el país se ha extendido tanto que el punto común para denominar al corrupto es el término malandrín, aceptado en el lenguaje latinoamericano como sinónimo de malo, ratero, vagabundo y bellaco.
Salvo las excepciones de rigor, en la burocracia gubernamental y en todo el sistema económico privado, el malandrín se ha fortalecido y aparece como un individuo fuerte, ‘gesticulante’, audaz y enloquecido por el dinero.
A menudo aparece como un caballero y su carácter verdadero se oculta hasta cuando el mal está hecho. El malandrín es la punta de lanza del robo sistemático y del irrespeto a la vida, mientras se pasea por las instituciones democráticas, fracturándolas al punto de, incluso, manejar los mecanismos de la administración de justicia. Vigilan cómo trabajan los buenos jueces y las actitudes para manejar el poder; se mueven con tanta agilidad que basta una insinuación o una advertencia para lograr cambios importantes.
Debemos a Raúl Andrade un ensayo sobre este asunto cuando afirmaba que el concepto del centralismo absorbente por los años 20 del siglo pasado estaba compuesto en buena proporción por lojanos, unos buenos y otros malos, y para cuando lo dijo, años 70 del mismo siglo, este centralismo se integraba con ciudadanos de todo el país, y la lucha por influir más se decidía pisoteándose los derechos.
Por ello, cabe imaginar que el concepto de oligarquía en su acepción de dominante marchaba según cómo se comprendía el síndrome del malandrín. Lo que no dijo nunca este eximio periodista es lo que explicó con muchos detalles el gran historiador Arnold Toynbee, quien tuvo que concluir que la decadencia va paralela al poder, cuando las decisiones las toma la oligarquía-minoría dominante, y el progreso, a su vez, únicamente se desarrolla por medio de la oligarquía-minoría creadora en las decisiones buenas con olor a futuro. El término malandrín no se usaba, pero ahora se lo hace como signo de una oligarquía dominante. Es terrible la consecuencia de esta forma de corrupción.
Francisco Bayancela