¡No permitamos que el silencio nos haga cómplices!
¡No podemos equivocarnos nuevamente!
Guayaquil es, sin duda alguna, una ciudad muy singular. Los contrastes son, tal vez, sus características visibles más sobresalientes. Su hermosura natural y la belleza arquitectónica de algunos de sus barrios contrastan con la inmundicia, el abandono, la desatención y el olvido en que se debaten otras zonas, vastas y tremendamente populares.
Actualmente muchísimos guayaquileños nos sentimos contrariados, aturdidos por el estilo de manejo de la administración. Encuentro que a todas luces se privilegia intereses particulares sobre colectivos. En contravía de las urgencias de esta ciudad, de los dolores y necesidades económicas y ambientales de sus habitantes, así como de las dos últimas administraciones que le precedieron y que dejaron un gran legado de obras históricas para su grandeza y la grandeza de muchos de sus hijos.
Por fortuna, si la actual administración no ha sido capaz de acabar con Guayaquil en los años funestos que han corrido de su período, espero que, en lo poco que le falta, su incapacidad y desidia le impidan cumplir su deseo. Para lo único que consideramos que han sido buenos es para darse el lujo de aparentar que los aciertos de sus antecesores han sido su autoría.
Es importante resaltar que Guayaquil es una ciudad que cuenta con suficientes ingresos -un presupuesto oneroso-, que provienen del pago de nuestros impuestos y de las transferencias del Estado que por ley le corresponde. Sin embargo se ha hecho común escuchar últimamente que no hay dinero para cumplir con las obligaciones y necesidades que le competen al cabildo. A esto le agregamos el aumento en la percepción de corrupción que caen sobre ella y que tienen los habitantes por el mal manejo de recursos de la institución. ¿A dónde se va la plata para atender la agenda social, de infraestructura y ambiental que necesita Guayaquil? Pregunta sin respuesta. Son tiempos difíciles, de demagogia, mentira, audacia, ausencia de escrúpulos, inmundicia e inmoralidad. Tiempos de falacia que han afectado y herido a nuestra ciudad y la han llevado a la situación en que se encuentra. Ojalá este mal aroma que hoy se vive, pase y llegue uno nuevo el próximo 5 de febrero. ¡No podemos equivocarnos nuevamente!
Ec. Mario Vargas Ochoa