¿Se puede parar la corrupción en la obra pública?

El sobreprecio es más fácil de detectar y parar; hay muchos tamices

El virus que no tiene vacuna es la corrupción. Nace en la élite: presidentes, ministros, asambleístas, jueces. De a poco se ha ido infiltrando en el pueblo, hasta llegar a ser epidemia. Están contagiados: verdulera, taxista, peluquero, bolero; toda la sociedad. No hay medicina que la neutralice cuando falta voluntad. La obra pública ha sido la más afectada, el virus ha causado el mayor estrago en los fondos públicos. Ataca con dos cepas que mutan con frecuencia: la técnica y la política. La política es la más mortífera, contagiosa e incontrolable; el cauce por donde se desangra el erario nacional, con caudales entre 20 y 25 % del monto del contrato, que proceden del charco donde se incuba el virus Anticipo de Obra, valor fríamente calculado por la autoridad del ente público (50 % del contrato); asegurando que sea suficiente para repartirse con la obra, la autoridad recibe su parte y fin de fiesta. La obra se queda a sufrir dificultades de flujo de caja. El contratista no pierde; canjea con calidad (obras emblemáticas de la década ganada). Eliminar el charco de incubación es la solución. La cepa de la técnica (ingeniería) viabiliza sobreprecios y contratos complementarios, y es mortífera, contagiosa, pero controlable. Los contratos complementarios se pueden evitar revisando que el presupuesto del contrato principal tenga todos los rubros necesarios para la construcción y que sus cantidades estén apegadas a la realidad. El sobreprecio es más fácil de detectar y parar; hay muchos tamices: la comisión técnica que analiza ofertas, la etapa de negociación y si se pasa, antes de iniciar la construcción el fiscalizador de la obra debe detectar y denunciar. Si el Estado quiere, sí se puede parar la corrupción en la obra pública.

Marco A. Zurita Ríos