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Diario Expreso Ecuador

 

Hambre

Quien no ha pasado por iguales situaciones y ni las ha visto, carece o tiene poca experiencia en tratar y resolver estos problemas

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Tengo hambre, clamaba un niño de apenas unos ocho años a su madre, la cual formaba parte de una columna para entrar en un recinto electoral, no a depositar un voto sino su esperanza. Esa triste, penosa y angustiosa exclamación fue escuchada por muchas personas, algunos le prestaron atención, otros la ignoraron, otras se desentendieron. Lo angustioso del pedido apenas inmutó a la madre; tiene que conservar el temple, guardarse para sí la impotencia de no poder gritar lo mismo. Si el niño tiene hambre, la madre también tendrá. Quizás el pedido del niño sea frecuente y por no poder satisfacerlo le es conveniente dejar que pase la intensidad y que la sensación y deseo de comer se aplaquen; sabe manejar estas situaciones, pero eso no es suficiente para calmar al crujiente y pequeño estómago. El suyo no es importante, primero comen los niños cuando hay, si no, a entretenerlos con un ‘gloriado’. Este suceso de la vida real no deja de ser una vívida concurrencia diaria en miles y miles de hogares ecuatorianos. Pero s hay quienes obvian esta situación y la extrapolan a otros países, como que aquí nada de eso sucediese, con la finalidad de justificar las calamidades y permanentes violaciones de la Constitución, derechos humanos, laborales, a los servicios públicos, al buen vivir, a la Salud, a la Educación, al hábitat y vivienda. La conclusión de toda esa maraña de deficiencias es el grito lastimero de aquel niño: “tengo hambre”. Quien no ha pasado por iguales situaciones y ni las ha visto, carece o tiene poca experiencia en tratar y resolver estos problemas. La rabia e impotencia hacen presa de una madre, de un padre, hasta conducirlo a la desesperación. Algunos voltean la cara, propiciando el quemeimportismo y que haya más de lo mismo.

César A. Jijón Sánchez

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