Cartas de lectores: La universidades ecuatorianas requieren de mayor objetividad

Solo así será posible alcanzar la excelencia académica necesaria para el desarrollo del país

Se dice con frecuencia que la educación de calidad es condición indispensable para el desarrollo; sin embargo, en la práctica es lo que menos se promueve en nuestro medio.

Hasta hace unas cuatro décadas era muy difícil cursar una maestría en el país, principalmente por la escasa oferta y el bajo nivel académico de muchas universidades, que aun así proliferaban, al punto de que un expresidente las calificó como “universidades de garaje”. Por ello era necesario acudir al exterior. Además, estos programas tenían una duración cercana a dos años, con dedicación exclusiva y un pénsum riguroso.

Hoy la situación ha cambiado notablemente; existe una abundante oferta de maestrías con facilidades como corta duración, modalidad semipresencial, fines de semana u ‘online’. Esto podría inducir a pensar que nuestras universidades han mejorado sustancialmente en poco tiempo, con docentes altamente calificados, buenos laboratorios y sólidos planes de investigación. Lamentablemente, salvo contadas excepciones, esto no ha ocurrido. En consecuencia, la acumulación de títulos de maestría que ostentan algunos profesionales suele evidenciar su impericia, a juzgar por los resultados de su gestión en los sectores público y privado.

Respecto a los doctorados (PhD), basta recordar lo expresado por un exrector de la Espol en 2018, quien afirmó que no se puede equiparar un doctorado obtenido en universidades de alto nivel académico y tras varios años de estudio, con aquellos conseguidos mediante breves estancias en el exterior.

En tiempos recientes se observa una intensa propaganda de ciertas universidades que aseguran haber alcanzado altos niveles académicos. Ojalá así sea, aunque paralelamente se difunden noticias preocupantes sobre publicaciones científicas sin rigor, que incluso influyen en ‘rankings’ universitarios poco confiables. Adicionalmente, el facilismo permitido por algunas universidades, generalmente privadas y enfocadas en lo económico, constituye un serio obstáculo para la formación de profesionales idóneos y honestos.

En conclusión, es imperativo que quienes dirigen la educación superior abandonen la fanfarronería, reconozcan con honestidad la realidad y trabajen con humildad y esfuerzo. Solo así será posible alcanzar la excelencia académica necesaria para el desarrollo del país.

Ángel Montoya C.