Cartas de lectores | La extensa víspera del carnaval
Estaban los globos ‘payasos’ para corta distancia y los ‘Zaruma’, verdaderos proyectiles que mojaban poco pero dejaban huella
Por aquellos días era muy común recorrer las calles de Guayaquil y ver el pico de la manguera enroscado en la llave de bronce del jardín, con restos de globos reventados al llenarlos. Claro, esto fue hace unos 40 años, en la extensa víspera del carnaval, cuando uno se mojaba por la lluvia o por los globos que asomaban por todos lados para cumplir su cometido: mojar.
Estaban los globos ‘payasos’ para corta distancia y los ‘Zaruma’, verdaderos proyectiles que mojaban poco pero dejaban huella al aterrizar. También los tubos de llantas de motos o bicicletas, cortados y amarrados con alambres, se convertían en enormes estómagos de agua que, al caer sobre un descuidado, lo dejaban completamente bañado, entre risas de los victimarios antes de volverlos a llenar.
Era el Guayaquil de antes, cuando el carnaval era sinónimo de agua. Podías caminar por cualquier calle y estabas expuesto a ser mojado desde una ventana, una esquina o incluso como pasajero de un bus o carro. Los vehículos, sin vidrios eléctricos ni aire acondicionado, llevaban las ventanas bajas, y al detectar alguna esquina peligrosa, la mano corría a subir el vidrio. En los viejos buses regordetes y rechinantes, con pisos de madera y ventanas difíciles de cerrar, era casi una proeza evitar que varios pasajeros terminaran empapados.
Niños, jóvenes y algunos adultos salían con baldes llenos de globos para acribillar transeúntes. Otros, desde las casas, con jarras o envases, lanzaban agua a los vehículos o a algún conocido, provocando a veces peleas con el clásico ‘nadie se mete’. Alguna vez salí con mis panas con globos llenos de agua y tinta; atacamos por sorpresa a unas amigas en su portal y no solo las mojamos, también las manchamos. Ese día la amistad se acabó.
Agua, globos, chisguetes, harina, pica pica, anilinas de colores y algunos más osados con huevos o salsa fueron parte de una costumbre del Guayaquil de antes, donde el carnaval era risas y chacotas, hoy inaceptables. Solo queda recordar.
Leonardo J. Tapia Blacio