Cartas de lectores: Juguemos en palacio que el presi no está aquí
Es graciosa, simpática, toda una influencer de la vacuidad
Es imposible no recordar aquel juego infantil que nos permitía hacer travesuras mientras los adultos no estaban en casa al ritmo de ‘juguemos en el bosque…’. Con el Gobierno ocurre algo parecido, solo que peor: en Carondelet no es que falten adultos por unas horas, es que la ausencia parece permanente.
El presidente de la República, de acuerdo con la ley, no tiene derecho a vacaciones en los términos en que las tienen los servidores públicos. Su cargo no encaja en esa categoría. Sin embargo, ha decidido tomarse 18 días de descanso, licencia o como prefiera llamarlo. El eufemismo es irrelevante: el presidente no está en su puesto de trabajo.
Pocos días antes de iniciar este largo asueto, ya había solicitado una breve licencia para constatar personalmente que los ‘slopes’ en Vail tenían la nieve adecuada. Hoy no sabemos con certeza dónde se encuentra. Podría estar en Gstaad, Aspen, Nueva Zelanda o Bali. Lo único indiscutible es que, mientras el país enfrenta problemas graves -inseguridad desbordada, falta de empleo, un presupuesto desfinanciado, inseguridad jurídica, escasez de medicinas, ataques sucios a la libertad de expresión y a la propiedad privada, entre otros-, Ecuador es gobernado desde algún resort de lujo o desde la cabina presurizada de un avión privado a diez mil pies de altura.
La vicepresidenta, en teoría encargada del poder, tampoco transmite precisamente la imagen de una adulta al mando. Ya la vimos estrenando disfraz de militar y reconociendo, con desconcertante honestidad, que conoce los problemas del país pero que no puede resolverlos. Una confesión útil para la terapia, devastadora para la política.
A cargo de la comunicación gubernamental, la infanta digital del régimen nos entretiene a diario con sus juveniles reels, en los que desarrolla la tesis de que esta es una nueva forma de gobernar que los viejos no entienden. Es graciosa, simpática, toda una influencer de la vacuidad. El problema no es el formato, sino el vacío: mientras el país arde, el poder se comunica como si fuera una cuenta de ‘lifestyle’.
Lo verdaderamente grave es que, incluso si el presidente decidiera interrumpir sus merecidas vacaciones y regresar mañana mismo, el título de este artículo no cambiaría. Porque el problema no es dónde está el presidente, sino la sensación persistente de que, aun cuando está, no sabemos para qué o quiénes gobierna.
Luis Hidalgo