Ahogados en corrupción

Tampoco se libran de este silencio la Iglesia católica, la evangélica y demás movimientos espirituales que hay en el país.

A partir de la era republicana gobiernos y gobernantes de turno se han servido de su posición para beneficio personal, de parientes y amigos. Era lo normal, lo usual y mal o bien se lo aceptaba como un derecho del triunfador electoral o de la asonada golpista. La corrupción y compra o pago de favores en gobiernos democráticos y dictaduras han sido y continúan siendo una especie de moneda de curso legal y convencional. Pero la situación cambió drásticamente en la década de 1960; nuestro país se convirtió en petrolero. Desde entonces, todos los gobiernos han tenido en su lenguaje oficial a la corrupción; todos manejaron la corrupción con sus parientes y amigos cercanos, que no tuvieron el más mínimo recato para disimular tales bajezas. En 2000, con la dolarización, la corrupción en el gobierno y sus líderes dieron un salto triple, multiplicándose fortunas mal habidas a costa del dolor de muchísima gente que vio diluirse sus ahorros de toda la vida por la conversión. Esto trajo la ruina económica y muchas muertes. Y beneficio del sector bancario y financiero, favorecido con el salvataje bancario, cuyo costo tuvimos que pagar todos los ecuatorianos por más de 20 años. La corrupción en los todos los gobiernos creció exponencialmente y ni qué se diga en el gobierno de Correa, el de la robolución ciudadana, que duró más de 10 años; se robaron más de $ 70 mil millones, no recuperados pese a ofrecimientos de los gobiernos de Moreno y Lasso. Tampoco han hecho nada los principales dirigentes de los partidos y movimientos políticos. Nebot ha guardado y sigue guardando silencio cómplice. Lo mismo Iza, que quiere incendiar el país, pero que nada dice ni hace contra su jefe Correa y su pandilla. Igual silencio cómplice de las municipalidades y prefecturas; tienen rabo de paja, prefieren guardar un silencio que es garantía de impunidad por parte de la administración de justicia, que sigue en manos correístas. Tampoco se libran de este silencio la Iglesia católica, la evangélica y demás movimientos espirituales que hay en el país.

Jorge Luis Rojas Silva