Los últimos balseros reviven su pasado

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Los últimos balseros reviven su pasado

Las técnicas de navegación, la pesca y la construcción de balsas es un patrimonio nacional. En General Villamil quedan ya pocos exponentes

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Las balsas. Los artesanos y los pobladores en general hacen hincapié en lo importante que han sido estos medios de transporte para la población.Néstor Mendoza / Expreso

Corría el año de 1933 y Miguel Ángel Cruz Yagual decidió unirse en matrimonio con Juana Yagual Orrala. A él le decían ‘Don Monche’. Había heredado la profesión de su padre, Baldomero Cruz Quinde, un pescador en balsa. Juanita provenía de una familia de ganaderos, donde destacaba un hombre de gran carácter: ‘Fidelucho’, o José Yagual Yagual. Hasta entonces, la población de General Villamil (Playas) solo tenía dos fuentes de trabajo: la pesca y la ganadería.

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“Recuerdo cómo veía a mi padre agarrar su jicra y meter ahí la orza, la boya con piola y los anzuelos clavados en un pedazo de balsa y un tolete para matar los bagres. Cogía su atarraya que se la guindaba del hombro y en el otro el canalete: Pobre mi papá, levantarse a las doce de la noche para salir a la mar, con su compañero de pesca José ‘Aguadita’ Yagual, y volver a las 7 de la mañana; a veces solo con dos piezas de corvina y un bagre”, recuerda Francisca Yagual, hija de don Miguel Ángel. El mar antes llegaba hasta donde hoy es el malecón, asegura Francisca.

El gestor cultural Álex Yagual Muñoz, nieto de Francisca, cuenta que antes los pescadores en balsa eran considerados de estrato social bajo, debido al auge de la ganadería que vivió en ese entonces el cantón El Morro, perteneciente a Guayaquil. Desde esta población se exportaron los mejores quesos y la deliciosa mantequilla. Luego, El Morro cayó en decadencia y la ganadería dejó de ser fuerte, mientras que los pescadores de Playas siguieron creciendo, abasteciendo a la población y transformándose en un pilar de la economía de la zona, recuerda Yagual. Así el cantón Playas pasó a ser el protagonista del turismo y la pesca.

“Las balsas fueron muy importantes para nosotros. Había unas bien grandes que le decíamos balandras; venían de Balao trayendo diversos víveres: grandes zapotes, racimos de guineo, verdes y frutas. Los habitantes hacían trueques con los pescadores, que le daban pescado por víveres”, recuerda Félix Mite, que lleva 10 años retirado de la pesca y está dedicado a hacer balsillas para adornos. “Nosotros éramos bien pobres, mi papá nos supo criar y educar con la pesca”, recuerda.

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Sobre los pescadores hay muchas historias. Cierta vez sintieron que un animal grande pasaba por debajo de la balsa, era una ballena que soplaba agua con fuerza y casi nos mata con la cola. “Si nos cogía, no lo estuviéramos contando’’, advierte Carlos Jordán, otro viejo pescador.

A los pescadores se los conocía más por el apodo que por el nombre. Así se sentían como en familia: Virruco, El Serrano, Wiwi, Cuarenta y uno, El Ñato, La Gata, Pancho Villa, entre otros. De estos quedan pocos.

“De mi bisabuelo Don Monche, recuerdo su jicra detrás de la puerta, la atarraya guindando en la pared junto a su cama”, comenta Yagual, quien junto a Francisca Cruz, su abuela, conversan parte de estas historias del Playas antiguo y sus pescadores.

Variedad constructiva

Carlos Jordán detalla que existen tres clases de Balsas en Playas: una de seis palos que es utilizada para recolectar ostras, la de cinco para pescar con red de arrastre y la balsa a vela de tres palos, hoy dedicadas al paseo turístico con velas de diseños precolombinos. “Nuestras balsas de antaño que ya están por desaparecer representan mucho. Esa ha sido nuestra vida, nuestra fuente de alimento, la vida trajinada y fuerte que tenemos como pescador”, dice Humberto Mite, conocido como La Gata.