Candidatos fabrican con IA las ciudades que quieren gobernar: así se ve la campaña en Ecuador
La IA gana espacio en los spots políticos con personas y escenarios artificiales. Expertos ponen el foco en la intención detrás de estas imágenes

La IA en la campaña electoral es un tema recurrente en Ecuador a puertas de las Seccionales 2026.
La IA en las Seccionales 2026
- El problema no es usar IA, sino la intención: puede ayudar a visualizar propuestas futuras, pero también fabricar ciudadanos y escenarios para representar una realidad existente.
- La imagen pierde valor como testimonio: expertos advierten que crear personas, barrios y situaciones a medida permite construir una realidad que encaje perfectamente con el discurso político.
- Guayaquil ya muestra distintos usos: Andrés Roche usa IA para proyectar ideas futuras, mientras Fiorella Ycaza y Cynthia Viteri han difundido piezas con ciudadanos, escenarios y narrativas construidas artificialmente.
En Guayaquil hay personas que antes de bajarse del carro miran alrededor. Padres que siguen desde el celular el recorrido de sus hijos, negocios que han reforzado puertas y rejas y familias que han cambiado sus rutinas por temor a ser víctimas de la delincuencia. La inseguridad, las extorsiones, los secuestros y el crimen organizado forman parte de una realidad que no necesita ser imaginada, porque ocurre todos los días.
Sin embargo, mientras Ecuador se acerca a las elecciones seccionales, en los videos de algunos precandidatos comienza a aparecer otra ciudad: una construida con inteligencia artificial. Hay calles que no existen, ciudadanos creados por algoritmos y comunidades representadas con características que incluso pueden ser ajenas al lugar al que supuestamente pertenecen.
El problema no es que una campaña utilice IA. Puede servir para analizar información, editar, adaptar formatos, visualizar propuestas o reducir tiempos de producción. La discusión aparece cuando deja de ser una herramienta para contar la realidad y comienza a ocupar su lugar. Allí importan menos la tecnología utilizada que la intención detrás de la imagen y la forma en que se presenta al elector.
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De registrar la realidad a generarla
Para Jorge Delgado, fotógrafo y productor audiovisual, el cambio toca uno de los principios históricos de la imagen: su capacidad para servir como registro de algo que estuvo frente a una cámara.
“La facilidad que da la IA para falsificar una realidad le resta toda validez a la imagen como testimonio. Ya no existe la realidad”, sostiene.
Una campaña ya no necesita encontrar a una madre preocupada por la seguridad de sus hijos para construir esa escena. Puede generarla. Tampoco necesita trasladarse hasta un barrio deteriorado o buscar un comerciante dispuesto a hablar de extorsiones. Las herramientas actuales pueden producir esas representaciones en minutos y adaptarlas exactamente al mensaje que se quiere transmitir.
Delgado reconoce que detrás de esta tendencia existen también razones prácticas. Los equipos tienen menos tiempo, recursos y capital humano, mientras aumenta la cantidad de contenido que deben generar para distintas plataformas. En esas condiciones, describe a la IA como “la salida fácil”, impulsada además por una moda que lleva a creer que utilizarla es suficiente para provocar algo en las audiencias.
Para el productor audiovisual, sin embargo, reducir la dificultad técnica de producir una imagen no resuelve la construcción del mensaje. “La IA ayuda con otras cosas, pero si quieres construir un discurso, es el último lugar donde necesita estar”, afirma.
Su cuestionamiento apunta también al criterio con el que se utilizan estas herramientas. “La IA ha abierto el abanico de posibilidades de generar imágenes y video a personas sin gusto y con cero educación comunicativa”, señala. La posibilidad de producir una escena, explica, no implica necesariamente comprender cómo construir un discurso audiovisual capaz de conectar con quien lo observa.
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La intención detrás de la imagen
Juan Carlos Salazar, CEO y chief strategist de ENGAGE.ec, introduce una distinción importante: una imagen artificial no es necesariamente un mal uso de la inteligencia artificial. Todo depende de aquello que intenta hacer.
“La IA, si es buena en algo, es en procesar y correlacionar datos”, explica. Una campaña podría utilizarla para analizar información sobre movilidad, temperatura, consumo energético o cualquier otro problema urbano y después convertir esos datos en una visualización comprensible para los ciudadanos.
Salazar pone como ejemplo la posibilidad de analizar qué ocurriría si Guayaquil tuviera una mayor arborización y utilizar IA para mostrar cómo podría cambiar la temperatura u otras condiciones de la ciudad. Allí la tecnología permite visualizar una propuesta que todavía no existe y no pretende hacer creer al ciudadano que está observando una situación actual.
También puede existir un uso deliberadamente ficticio. Salazar recuerda una pieza de un candidato colombiano que utilizó IA para representarse como Spider-Man recorriendo su territorio. La escena era imposible y precisamente por eso funcionaba como un recurso creativo para llamar la atención. La tecnología, además, permitió conseguir una producción que años atrás habría requerido animación, 3D y un presupuesto mucho mayor.
El límite aparece cuando la ficción deja de presentarse como ficción y empieza a utilizarse como representación de una realidad. “Sí hay una deshumanización por completo, pero depende mucho realmente de cómo se utilice”, sostiene Salazar.
La diferencia, entonces, no está entre utilizar o no utilizar inteligencia artificial. Está entre emplearla para analizar, explicar o imaginar una propuesta y utilizarla para fabricar aquello que una campaña presenta como reflejo de la ciudad y de sus habitantes.
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Cuando la máquina imagina cómo somos
El asunto se vuelve más complejo cuando la IA no solo genera calles, sino también a quienes supuestamente viven en ellas.
El resultado puede parecer ecuatoriano sin serlo. Una comunidad puede aparecer con vestimentas correspondientes a otra cultura, un paisaje puede no coincidir con la geografía que pretende representar y una ciudad puede terminar convertida en una versión genérica de cualquier lugar de América Latina.
En una campaña electoral, esos errores tienen otra dimensión. La imagen ha sido seleccionada y difundida por una organización que pretende representar precisamente a esa población.
La academia comienza a denominar softfakes a algunas de estas formas de contenido político sintético. A diferencia de un deepfake, que puede hacer parecer que una persona real dijo o hizo algo que nunca ocurrió, un softfake puede fabricar una representación para reforzar un mensaje sin necesidad de suplantar a alguien concreto.
Una madre ficticia puede representar el miedo a la inseguridad y un comerciante inexistente puede ilustrar los efectos de las extorsiones. El problema que aparece en el spot puede ser verdadero, pero la persona utilizada para generar empatía nunca lo vivió porque tampoco existe.
Una realidad hecha a la medida del discurso
La IA permite además invertir una lógica habitual de la comunicación política. Una campaña puede observar lo que ocurre en una ciudad y construir a partir de allí su relato, pero también puede definir primero qué quiere decir y generar después las personas, escenarios y situaciones que encajen exactamente en ese discurso.
AI Forensics documentó esa práctica durante las elecciones europeas y legislativas francesas de 2024. La organización identificó 51 imágenes generadas con IA en cuentas oficiales de partidos, algunas utilizadas para reforzar narrativas sobre asuntos como inmigración y la Unión Europea. En 2026, ese número es una caricia.
Y es que una persona real introduce algo que la imagen sintética elimina: la posibilidad de salirse del guion. Un comerciante puede contar un problema distinto al que el candidato esperaba encontrar, un vecino puede cuestionar una propuesta y una comunidad puede mostrar una realidad mucho más compleja que la prevista por el equipo de comunicación. Un personaje generado, en cambio, siempre será exactamente aquello que la campaña necesita que sea.
Esa diferencia resulta especialmente relevante en unas elecciones locales. Los candidatos buscan gobernar espacios concretos y a personas que viven problemas que pueden ser registrados y escuchados directamente.
Delgado resume parte del riesgo al señalar que quienes recurren a estas representaciones pueden terminar “distanciados de la realidad”. Salazar, por su parte, insiste en que la tecnología puede aportar valor cuando ayuda a entender los problemas y convertirlos en propuestas comprensibles.
Las dos posiciones coinciden en un punto: el problema no está en la herramienta, sino en la intención con la que se utiliza.
Guayaquil ya ensaya distintas formas de hacer campaña con IA
Esa diferencia entre utilizar la IA para imaginar una propuesta y utilizarla para fabricar una representación de la realidad ya puede observarse en la precampaña por la Alcaldía de Guayaquil.
Andrés Roche, precandidato del Partido Social Cristiano (PSC), ha recurrido a la IA para visualizar proyectos que todavía no existen, como Guayakids, una propuesta que imagina un espacio de ciudad dirigido a niños, donde puedan aprender desde conceptos de economía hasta la importancia del voto. En este caso, la generación artificial funciona como una representación de una idea futura.
El uso cambia en las piezas difundidas por Fiorella Ycaza. En uno de sus primeros videos políticos realizados íntegramente con IA aparecen ciudadanos que no existen caminando por escenarios también generados, con el puño levantado, mientras una canción creada con inteligencia artificial repite el concepto de “Bien parado Guayaquil”. A diferencia de Guayakids, lo artificial no se utiliza aquí para visualizar un proyecto futuro, sino para construir los ciudadanos y los escenarios que acompañan una consigna política.
Cynthia Viteri también recurrió a este lenguaje visual antes de anunciar su regreso al escenario electoral. En una pieza generada con IA aparecía una versión artificial de ella llegando a una ciudad igualmente fabricada, junto con personajes y escenarios sintéticos. Algunas secuencias conservaban además las inconsistencias propias de la generación de video, como personas corriendo sobre una cancha de cemento en una escena cuya lógica visual resultaba poco clara. El recurso, en este caso, convertía el regreso político en una puesta en escena completamente artificial.
Los tres casos muestran usos distintos de una misma tecnología: visualizar una propuesta que todavía no existe, construir una narrativa política con ciudadanos artificiales o convertir al propio candidato en un personaje sintético. Para Salazar, esa diferencia es precisamente la que obliga a mirar la intención detrás de cada pieza y no solamente la herramienta utilizada.
Delgado lleva la discusión hacia otro punto: qué ocurre con la imagen como testimonio cuando cualquier realidad puede ser fabricada. En unas elecciones locales, donde candidatos y electores comparten las mismas calles y los problemas que forman parte del discurso pueden ser documentados directamente, la pregunta no es cuánto puede hacer la IA por una campaña, sino qué parte de la realidad está decidiendo sustituir y con qué propósito.