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Cantan y asustan… la época de grillos comenzóMIGUEL RODRIGUEZ

Grillos: el soundtrack que nadie pidió

Llegan con el invierno, cantan de noche y provocan pánico existencial: los grillos, esos acompañantes no invitados

Me dispongo a dormir. Ya terminé de ver en YouTube el último podcast de Jordi Wild, puse el celular en modo dormir, apagué la luz, el cuarto está a la temperatura perfecta y, por fin, cierro estos ojitos azules con la esperanza de descansar como Dios manda. Pero no. Apenas mi cabeza toca la almohada, escucho ese crik crik tan característico. Señoras y señores, han llegado los grillos, anunciando el invierno como si fueran el noticiero oficial de la naturaleza.

No les tengo miedo, no señor. Pero sí les tengo un asco que raya en la desesperación filosófica. Sentir sus patitas subiendo lentamente por la pantorrilla provoca una especie de bloqueo existencial que ni Sartre. Eso sí, debo confesar algo políticamente incorrecto: ese terror solo lo he visto en damitas. Jamás, nunca, ni por equivocación, he visto a un caballero, varón empoderado, hombre de bien, amilanarse ante semejante espécimen prehistórico.

Porque sí, según mis datos altamente confiables -gracias, ChatGPT- los grillos existen desde hace más de 300 millones de años, mucho antes de que los dinosaurios hicieran de las suyas. Básicamente, ellos ya estaban aquí y nosotros somos la visita.

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El sonido que producen no es para molestarnos (aunque lo logran con excelencia), sino para comunicarse entre ellos. Son nocturnos y amantes del silencio humano, por eso los oímos más de noche: menos ruido ambiental, mejor sale el chisme. Pero el verdadero terror ocurre cuando intentan comunicarse mientras una maneja. ¡Mamita!, donde me salte uno de esos insectos a 80 kilómetros por hora, no la cuento.

Recuerdo cuando la vía a la Costa era casi territorio virgen. Pocos éramos los valientes que vivíamos más allá de Los Ceibos, con más monte que cemento. Y ahí estaban ellos: grillos en cada poste de luz, brincando como si quisieran alcanzar las estrellas, volando sobre nuestras cabezas y dejando ese olor nauseabundo, mezcla de muerte y desechos. Una fragancia inolvidable del invierno ecuatorial que ni el mejor perfume francés.

Crecí esquivándolos en bicicleta, con uno que otro pegado en la espalda como souvenir no deseado. Más grande, ya trabajando como toda una profesional de la comunicación, recuerdo que reaparecían escondidos en esas enormes torres de CPU que antes se colocaban en el piso. Seguro eran su Airbnb cinco estrellas. No era miedo, no, -se los aseguro-, pero una pegada el grito al cielo cuando la concentración era interrumpida: una estaba trabajando y de la nada salía una cabecita mirándote, como diciendo “aquí estoy y te observo”.

Sabía usted, querida amiga, que son los machos los que cantan para atraer a las hembras y, de paso, advertir a otros machos que ese territorio ya tiene dueño. O sea, exactamente como en la época de nuestros padres, cuando salían en gallada a dar serenatas por el barrio: guitarra, piano y el auspicio del amigo con camioneta. Todo muy romántico, muy territorial.

Porque al final, para eso son todas las especies: para hacerse los interesantes, engatusar con labia, palabra y verborrea. Si además el tono de voz es tipo Luis Miguel y baila como Chayanne, listo el combo completo.

Del pánico nocturno al plato servido

Y aunque usted no lo crea, en varios países los grillos son fuente de alimentación. Son ricos en proteínas, hierro y vitamina B12. ¿Usted se imagina una empresa de eso en Ecuador? Queridos, estamos perdiendo plata por gusto, como si sobrara para ese viaje a Tailandia.

En México los comen fritos con chile y limón; en Estados Unidos y Europa hacen harina de grillo para snacks “saludables”. Yo digo que aquí podrían funcionar estilo ceviche, o mezclados con verde y maní. Innovación gastronómica, emprendimiento local y trauma superado en un solo plato.

Ahora dígame la verdad: ¿lo probaría?, ¿quién se apunta?

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