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Cuando venceremos

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En 1967 estallaron disturbios en ciudades de todo Estados Unidos, dos años después de que explotara la violencia en el vecindario de Watts en Los Ángeles. En respuesta, el presidente Lyndon B. Johnson nombró una comisión encabezada por el gobernador de Illinois, Otto Kerner, para investigar las causas y proponer medidas para abordarlas. Hace 50 años, la Comisión Nacional de Asesoramiento de Desórdenes Civiles (Comisión Kerner) emitió su informe, que ofreció una descripción cruda de las condiciones en EE. UU. que habían conducido a los desórdenes: describió un país en el que los afronorteamericanos enfrentaban una discriminación sistemática, tenían una educación y una vivienda inadecuadas, y carecían de acceso a oportunidades económicas. Para ellos no existía ningún sueño americano. La raíz del problema era “la actitud y el comportamiento racial de los norteamericanos blancos hacia los norteamericanos negros. El prejuicio racial ha definido decisivamente nuestra historia; ahora amenaza con afectar nuestro futuro”. Uno de los aspectos más perturbadores de la desigualdad racial de EE. UU. es aquella para acceder a la justicia, reforzada por un sistema de encarcelamiento masivo que apunta mayormente a afronorteamericanos. El movimiento por los derechos civiles de hace medio siglo marcó una gran diferencia: una variedad de formas abiertas de discriminación hoy son ilegales; las normas sociales han cambiado, pero arrancar de cuajo un racismo muy arraigado e institucional ha resultado difícil. Peor aún, el presidente Donald Trump ha explotado este racismo y atizado llamas de intolerancia. El mensaje central del nuevo Informe Kerner refleja la gran lucidez del líder por los derechos civiles Martin Luther King, Jr.: el logro de justicia económica para los afronorteamericanos no puede estar desvinculado del logro de oportunidades económicas para todos los norteamericanos. La división económica en EE. UU. se ha ampliado mucho, con efectos devastadores en quienes no tienen educación universitaria (casi tres cuartas partes de los afronorteamericanos). La discriminación es endémica, aunque muchas veces está escondida. Un banco líder, Wells Fargo, pagó gigantescas multas por cobrar tasas de interés más altas a prestatarios afronorteamericanos y latinos; nadie fue responsabilizado por otros muchos abusos. Casi medio siglo después de la sanción de leyes antidiscriminación, el racismo, la codicia y el poder del mercado siguen confluyendo en perjuicio de los afronorteamericanos. Existen algunas luces de esperanza: nuestro entendimiento de la discriminación ha mejorado mucho. Hoy entendemos que el mercado está plagado de imperfecciones -incluso de información y competencia- que ofrecen una gran oportunidad para la discriminación y la explotación. Una sociedad marcada por divisiones (como la racial) no será un modelo para el mundo, y su economía no florecerá. La verdadera fortaleza de EE. UU. no es su poder militar sino su poder blando, ahora muy erosionado, por Trump y por la discriminación racial persistente. Todos saldremos perdiendo si esto no se resuelve. La señal más alentadora es la efusión de activismo, especialmente de los jóvenes, que toman conciencia de que es hora de que EE. UU. esté a la altura de sus ideales, expresados tan noblemente en su Declaración de Independencia, de que todos los hombres han sido creados iguales. Un mayor progreso exigirá determinación, sostenida por la fe expresada en las palabras inmortales del espiritual que se convirtió en el himno del movimiento por los derechos civiles: “Venceremos”.

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