Trump a los ojos de China
Cuando Donald Trump ganó la elección presidencial de Estados Unidos tenía muchos seguidores chinos, pero su popularidad se desplomó debido a sus declaraciones -muchas veces vía Twitter- sobre cuestiones controversiales, como Taiwán y el Mar de la China Meridional. No es la primera vez que la visión que tiene China de un líder estadounidense se deteriora rápidamente. Le sucedió al presidente Woodrow Wilson después de su reelección hace un siglo. En aquel momento, muchos intelectuales chinos, entre ellos el joven Mao Tse-Tung, admiraban a Wilson, politólogo y exdecano de la universidad de Princeton. Luego, en 1919, Wilson respaldó el Tratado de Versalles, que transfería el control de los exterritorios alemanes en la provincia de Shandong a Japón, en lugar de devolvérselos a China. Wilson rápidamente perdió todo encanto. Hace un siglo, China se vio motivada a respaldar a Wilson, y luego a aborrecerlo, por sus propias debilidades. Hoy, la fuerza de China guía la visión que tiene del presidente estadounidense. La China de 2016 es infinitamente diferente a la de 1916. Ha superado incluso a países avanzados en la jerarquía económica global. Está unificada bajo un liderazgo sólido y focalizado. Y es muy grande -incluye casi todos los territorios que formaban parte del Imperio Qing en su apogeo-. Una rara excepción es Taiwán, pero la ficción diplomática de “una sola China” sustenta la fantasía de que algún día, de alguna manera, la isla democrática y el continente autoritario volverán a estar integrados. En resumen, China ya no necesita la protección de EE. UU. Por el contrario, quiere un presidente norteamericano que se ocupe esencialmente de las cuestiones domésticas y que no se preocupe demasiado por restringir el ascenso de China, como hizo Obama. De esa manera, China podría dedicarse a reacomodar las relaciones de poder en Asia para beneficio propio, sin tener que preocuparse por la interferencia estadounidense. Antes de la elección Trump era conocido por lanzar acusaciones agresivas contra China, por lo general relacionadas con cuestiones económicas como el comercio. Pero su aparente falta de interés por la política internacional resultaba muy atractiva a los líderes chinos (a diferencia de su contendiente Hillary Clinton, que no dejaría en paz a China). Su sugerencia de que estaría menos comprometido que sus antecesores con el respaldo de aliados tradicionales de EE. UU. en Asia, como Corea del Sur y Japón, era música para los oídos de los nacionalistas chinos. Al igual que Wilson, Trump también ganó respaldo considerable en virtud de una personalidad atípica para un político. A mucha gente le gustaba que parecía decir (o tuitear) lo que sentía, ofreciendo una “conversación franca” que contrastaba con la estrategia de políticos más refinados, incluido el presidente Xi Jinping, que cuida cada una de sus palabras. Un deseo similar de “autenticidad” ha alimentado -aunque de una manera muy diferente- la popularidad de otro funcionario de EE. UU., Gary Locke, embajador ante China en 2011. Fotografías donde se lo ve llevando su propia mochila y comprando café -actos humildes que los altos funcionarios chinos les exigen a sus subordinados- desataron una ráfaga de comentarios “online” que lo elogiaban y catalogaban como un empleado de gobierno virtuoso. Es difícil imaginar que ese contraste particular entre EE. UU. y China ahora tenga peso, ante fotos del llamativo penthouse de Trump en Manhattan y sus opulentas fiestas en Mar-a-Lago.
Una China fuerte no podrá contar con que Trump no se interponga en su camino -al menos sin antes dar unos codazos-.
Project Syndicate