Trump y la libertad de prensa

El gobierno del presidente estadounidense Donald Trump convulsionó a la prensa tradicional con sus ataques a medios y su incesante difusión de “hechos alternativos” (también llamados mentiras). Pero es posible que el cuestionamiento de Trump al “statu quo” informativo tenga su parte buena, ya que da a los periodistas una oportunidad para erradicar los malos hábitos asociados con la demasiada cercanía al poder. Hace unos días, generó escozor la declaración de Stephen Bannon (jefe de estrategia de Trump) al New York Times, de que los medios representan el “partido de oposición”. Tal vez Bannon solo quería desconcertar a sus interlocutores, pero sin darse cuenta les recordó también la función crítica que corresponde a los medios. En una democracia saludable, estos interpelan decididamente las políticas y conductas de los funcionarios, con lo que ayudan a la ciudadanía a exigirles rendición de cuentas. Pero por desgracia, hace mucho que EE. UU. no tiene medios así. En vez de eso, la prensa ha permitido a sucesivos gobiernos dictarle información sin cuestionarla. Los organismos periodísticos estadounidenses priorizaron el acceso a los círculos del poder por encima de todo, incluso si eso implicaba evitar preguntas incómodas o aceptar respuestas evasivas. Ninguna calamidad expresa mejor el peligro de una comunidad de prensa demasiado supeditada al poder que la invasión de Irak, un error catastrófico cuyas aciagas repercusiones todavía afligen a Medio Oriente y a Europa. Antes de la invasión, el gobierno de George W. Bush cortejó asiduamente a los periodistas de los grandes medios liberales y conservadores, que luego lo ayudaron a obtener el apoyo de la opinión pública con la difusión de denuncias (que resultaron falsas) sobre las armas de destrucción masiva de Irak. La única organización de prensa importante que publicó sistemáticamente artículos críticos de la argumentación belicista fue el grupo Knight Ridder (luego adquirido por McClatchy). Su servicio de noticias de nivel intermedio no tenía acceso a funcionarios de alta jerarquía, así que tuvieron que basarse en fuentes dentro de la comunidad de inteligencia, que enseguida señalaron las incongruencias en las afirmaciones del gobierno de Bush. Cuando la prensa no necesita cultivar el acceso a fuentes oficiales, la verdad sale beneficiada. El gobierno de Trump ya está cerrando la puerta a algunos grandes medios (el ejemplo más notorio es CNN). Tal vez el plan del equipo de comunicación de Trump sea exigir sumisión a cambio de acceso renovado, pero para los medios rechazados debería ser la oportunidad de liberarse. Perdido el acceso directo a los funcionarios de nivel superior, ahora podrán concentrarse estrictamente en exigir cuentas al gobierno, como corresponde, y para ello tendrán que reconsiderar modelos editoriales arraigados. Para defender la democracia estadounidense de la amenaza del populismo autoritario, los medios de prensa no deben limitarse a poner en duda los “hechos alternativos” de Trump, sino que deben contar otra historia, basada en observaciones, investigaciones y evaluaciones críticas de lo que digan tanto republicanos como demócratas en el poder. La verdadera historia (como demostró el 2016) se desarrolla a menudo en lugares a los que los medios no prestan atención. Los periodistas no deben tener miedo de estar en la vereda contraria al poder, porque ese es precisamente su lugar.

Project Syndicate