La tragedia mas profunda

Si los sistemas de gobierno son creados por los hombres, es natural que sean imperfectos. Pero deben buscar el bien común y la justicia, pues representan el ideal de una sociedad. Por eso, una democracia aspira a tener un sistema judicial que sea su expresión más alta de probidad y autonomía. De humanidad.

Tener una justicia independiente y honesta garantiza la igualdad ante la ley y frena los abusos de cualquier poder, público o privado. Es el torrente sanguíneo de una democracia: todo lo atraviesa. Ecuador, por desgracia, tiene un sistema judicial que parece lo contrario: mediocre y perverso.

Mediocre. Desde el 2011, uno de cada tres miembros de la Judicatura fue destituido por incompetencia; otro tanto puede seguir pronto el mismo camino. La mayoría es fruto de un proceso que dijo buscar su independencia, pero volvió a muchos jueces y fiscales meros amanuenses del Poder Ejecutivo, listos a cumplir sus órdenes. Y cuando un poder le da órdenes a otro, importa un rábano si son justas o no: son corruptas, pues pervierten la naturaleza autónoma de los poderes democráticos.

Perverso. “Una libertad puede costar $3.000, quizás más dependiendo del caso”, me dijo antier un penalista. “Mínimo $1.500, mí-ni-mo. Puede ser más” me comentó otro, en referencia al costo de sustituir medidas cautelares. ¿Pasa mucho esto? Me contesto: que levanten la mano los jueces y fiscales que viven exclusivamente de su sueldo. Necesitamos conocerlos, porque merecen una estatua. En serio lo digo.

Inhumano. Hacemos una lista de los delincuentes “Más buscados”. ¿Y si elaboramos también la de los jueces que más liberan a reincidentes? O sea, la de los responsables de que antisociales que tienen 2, 3, 5 o más detenciones vuelvan a las calles y solo consigan algo: nuevas víctimas.

Jueces y fiscales que tarifan todo, para inocentes y culpables; que pervierten sus decisiones en el altar de la política sin que les importe condenar o absolver; que no son magistrados sino muchachos de mandados... Ellos, que deberían ser nuestra reserva moral y nuestra esperanza, son nuestra peor cara. Nuestra tragedia más profunda.