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Diario Expreso Ecuador

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La tragedia de Odebrecht

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El suicidio del expresidente del Perú, Alan García, muestra el rostro trágico de la corrupción llevada adelante por la empresa Odebrecht en América del Sur.

Al principio, las denuncias de dicho caso parecían ser un episodio más en la larga historia de corrupción que ha campeado en nuestros países. Sin embargo, las revelaciones fueron asumiendo caracteres cada vez más dramáticos, tanto por la cantidad de las cifras y los procedimientos en juego para lavarlas, cuanto por la calidad de los implicados: presidentes, expresidentes, altos funcionarios de muchos de los países latinoamericanos fueron señalados primero y acusados después como partícipes de una de las redes de corrupción más devastadoras que se hayan conocido en la región.

El suicidio del expresidente peruano abre cuestionamientos que no pueden quedar limitados a dar vueltas sobre los detalles del trágico suceso sino que abre preguntas sobre lo que se llama la moral pública, que es la que en último término sufre, tolera o promueve estos comportamientos que la afectan. La corrupción de Odebrecht marca a generaciones de políticos pero es la opinión pública la que tiene la última palabra.

Que Cristina Kirchner vuelva a sonar como candidata a la presidencia de Argentina por ejemplo, más allá de los errores o incompetencias que se pueda echar en cara al gobierno de Macri, muestra que un sector de la opinión pública de ese país está en una severa anemia moral y que mañana otro Odebrecht es posible.

¿Qué pasó con los primeros mandatarios de tantos países que se engatusaron fácilmente con las ilusiones del enriquecimiento millonario y que creyeron que iban a permanecer impunes en paraísos construidos sobre la miseria de otros? ¿Se debe entender que los ciudadanos que apoyan a esos líderes, sindicados por el caso Odebrecht u otros similares, están de acuerdo con lo que hicieron?

El suicidio de Alan García, más allá de las discusiones sobre su decisión, plantea que la moral pública debe sincerarse con respecto a sí misma: o se suicida en la corrupción o la rechaza sin ninguna excusa.

´... la moral pública debe sincerarse con respecto a sí misma: o se suicida en la corrupción o la rechaza sin ninguna excusa’.

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