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El totalitarismo liberal

Un axioma del liberalismo era que la libertad es sinónimo de autoposesión inalienable. Cada uno era propiedad de sí mismo; podía arrendarse a un empleador por un tiempo limitado y por un precio mutuamente acordado, pero el derecho de propiedad sobre uno mismo no se podía comprar ni vender. En los dos últimos siglos esta perspectiva individualista liberal legitimó el capitalismo como un sistema “natural” poblado por agentes libres. La capacidad de delimitar una parte de la propia vida y mantener dentro de esos límites la soberanía y el autocontrol era fundamental para la concepción liberal del agente libre y de su relación con la esfera pública. Para ejercer la libertad, los individuos necesitaban un refugio seguro dentro del cual desarrollarse como auténticas personas antes de relacionarse con otros. Pero la línea divisoria entre la persona y el mundo externo, en la que el individualismo liberal basó sus conceptos de autonomía, autoposesión y, en definitiva, libertad, no pudo mantenerse. La primera ruptura apareció cuando los productos industriales quedaron anticuados y fueron reemplazados por marcas que capturaban la atención, admiración y deseo del público. En poco tiempo, el “branding” había dado un nuevo giro radical, al impartir “personalidad” a los objetos. Las marcas adquirieron personalidades (reforzando la lealtad de los consumidores y las ganancias) y los individuos se sintieron obligados a reimaginarse como marcas. Hoy nuestros colegas, empleadores, clientes, detractores y “amigos” observan constantemente nuestra vida virtual, y se nos presiona incesantemente a convertirnos en un manojo de actividades, imágenes y cualidades que constituyan una marca atractiva y vendible. El espacio personal esencial para el desarrollo autónomo de una individualidad auténtica (condición para la autoposesión inalienable) ya casi no existe. El hábitat del liberalismo está desapareciendo. La clara demarcación que había en ese hábitat entre las esferas pública y privada también dividía el ocio del trabajo. No hace falta ser un crítico radical del capitalismo para ver que el derecho a un tiempo en el que uno no esté a la venta también ha dejado prácticamente de existir. Cuando los jóvenes que dan sus primeros pasos en el mundo actual obtienen un puesto, el entrevistador alude inmediatamente a su prescindibilidad.
Hay una famosa explicación de John Maynard Keynes sobre la imposibilidad de conocer el valor “real” de las acciones en la bolsa, para lo cual usó el símil de un concurso de belleza en el que los participantes no tratan de juzgar cuál es la concursante más bella, sino de predecir cuál es la concursante más bella para la opinión promedio, y cuál es la opinión promedio para la opinión promedio. Este símil arroja luz sobre la tragedia actual de los jóvenes, que tratan de dilucidar cuál de sus potenciales individualidades “reales” es más atractiva para la opinión promedio de los formadores de opinión, y al mismo tiempo luchan por fabricar esa individualidad “real” dentro y fuera de Internet. Para guiarlos en la búsqueda han aparecido industrias enteras de mentores y consejeros, y una variedad de ecosistemas de sustancias y autoayuda. La ironía es que el individualismo liberal parece haber sido derrotado por un totalitarismo que no es ni fascista ni comunista, sino que surgió de su propio éxito en la legitimación del avance del “branding” y de la mercantilización sobre nuestro espacio personal. Para derrotarlo tal vez sea necesario reconfigurar integralmente los derechos de propiedad sobre los cada vez más digitalizados instrumentos de producción, distribución, colaboración y comunicación.