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Tiros al aire
Lo sucedido en Las Ramblas la semana pasada, no tiene nombre. La amenaza del terrorismo islámico es real. Ya no estamos hablando de hechos aislados, sino de una constante. Una ideología que se ha propagado como un virus y se ha materializado en grupos cohesionados con objetivos concretos. Y la realidad es la siguiente: se nos va de las manos. No sé cómo describir la situación, más que con la siguiente metáfora: al ser una “idea”, nuestro enemigo es inmaterial; es una lucha contra un fantasma. Contrario a las guerras a las que hemos estado acostumbrados, donde “se sabe” quién es el enemigo y dónde está ubicado, el desconocimiento sobre lo que ocurre es tal que Occidente está condenado a reaccionar. Baila según el ritmo que le impongan. ¿Sabemos realmente cuál es el objetivo del Estado Islámico? ¿La desunión del Occidente o la creación del califato? Y la pregunta que debemos contestar, sin ideas vagas, sin el fantasma de lo políticamente correcto: ¿qué ocurre con el islam? ¿Es realmente una religión de paz? Hay varios autores musulmanes que claman por una reforma religiosa. Sin contestar esas preguntas no tendremos la delantera. Y perderemos terreno cada vez más. Por ejemplo, Mohamed Saleh, imán (equivalente a cardenal) de las islas Canarias, afirmó que “los inmigrantes han huido buscando una vida mejor y la integración solamente se producirá si tienen las ayudas suficientes. De lo contrario habrá más terrorismo”. Estamos entrando a la era del sinsentido político. En otras palabras: hemos venido a tu país y si no garantizas mi bienestar, ¿no habrá más opción que destruirte? El problema es que habrá quienes discutan y defiendan esta postura, porque el desconocimiento y el miedo generan que probemos cualquier solución: abrir todas las fronteras o cerrarlas por completo. Permitir cualquier expresión religiosa (uso de burkas) o prohibirlas. Y en la incertidumbre el único margen de respuesta que nos queda son las demostraciones donde gritamos “no tenemos miedo”. Pues deberíamos. Es más, deberíamos reconocer que lo tenemos, porque no hay nada más peligroso que lanzar tiros al aire con los ojos vendados.