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Tentacion irresistible

El invento de la tarjeta de crédito desquició a todo el mundo económico. Muchos de los que poseen este instrumento caen en la tentación de los gastos excesivos, aunque saben que los problemas les sobrevendrán irremediablemente y a corto plazo.
La tarjeta de crédito, convertida en una especie de prueba de la importancia y solvencia de las personas, es una falacia que trae graves consecuencias en la organización social. En muchos casos, la tarjeta estimula al gasto. El “tarjetahabiente” no se contiene, y no considera sus reales posibilidades económicas, esperando un futuro incierto. Al no pagar a tiempo, se produce un grave desfase en la economía personal.
Los morosos que incumplen las reglas del sistema, abundan y aumentan. Basta leer las “citaciones” que se publican periódicamente y que constituyen una especie de lista de ciudadanos que, por las circunstancias de sus deudas, no están en completo uso de sus atribuciones. Así, acumulan obligaciones que los esclavizan, creándose, además, una nueva forma de comportamiento social: la del “gastador compulsivo”.
La tarjeta de crédito tiene un atractivo casi invencible, pues permite adquirir un bien sin entregar dinero en el momento, para empezar a pagar una vez transcurrido el plazo que brinda este instrumento financiero. Pero muchas veces, el compromiso contraído supera la capacidad de pago del tarjetahabiente, que empieza a cubrir solo los mínimos mensuales (en el mejor de los casos), dándose inicio a la esclavitud financiera del deudor.
Haciendo una analogía, Augusto Sosa, editor de Negocios de El Comercio, afirma que “el Estado ecuatoriano es el típico cliente de la banca que no paga a tiempo, se sobregira con la tarjeta de crédito y acude a los avances de efectivo para pagar el mínimo a fin de mes”. En este mundo de altos negocios, nuestro país es considerado un “cliente riesgoso” porque sus ingresos petroleros han caído y eso aumenta las probabilidades de que no pueda cancelar sus obligaciones a tiempo.
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