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El subempleo toca el violin en las calles de Guayaquil

Lo que es normal en alguna calle romántica parisina o en los recovecos turísticos de Manhattan, resulta un lunar en la piel de esta ciudad y en las cifras de ‘trabajo inadecuado’, o más bien, de subempleo.
Es Dianalinda Verduga, una madre soltera (39), violinista, estudiada en el conservatorio Antonio Neumane, según dice, y que vive de su aterciopelado instrumento, pero apelando a lo que le den los transeúntes. Lo que saque en el día (su repertorio incluye a veces la icónica Novena Sinfonía de Beethoven) le servirá para llevar la comida a sus tres hijas, que a veces la acompañan. Y así es como le hace un guiño a su aspiración de, por ejemplo, ser parte de la Orquesta Sinfónica de Guayaquil, de tener un empleo formal que incluya seguridad social. Se gana la vida mientras toca música clásica que, de vez en cuando, intercala con música ranchera, popular, pasillos o boleros. “Depende de mi ánimo”, comenta sin reparos pero algo cansada ya luego de dos horas de ‘concierto’, así que le toca calmar a sus músculos que parecieran reclamarle con dolor. Hace una pausa para estirar la mano, así los relaja. Pero pronto empieza otra vez. Inicia a eso de las 09:00 y suele quedarse hasta las 12:00. De ahí ‘vuela’ a recoger a una de sus hijas que culmina sus clases luego del mediodía. Pero eso de vivir de la voluntad de los que transitan en algún punto medio donde se cruzan las calles Luque y Chile, no es suficiente. No le alcanza, como a cualquier otro subempleado que se las vea solo. De ahí que se las trata de arreglar con los trabajos que le salgan en reuniones privadas. Afirma que ha estado en las tablas del Teatro Sánchez Aguilar y del Centro de Arte, porque también canta lírica. Y como para que no haya duda, lanza inmediatamente una entonación aguda, y entonces quien escucha la hermosura de su voz solo lamenta que su arte no haya recibido su merecido. A Dianalinda le vendría bien tener la cobertura médica. Es que a ella le toca luchar, relata, contra esos episodios fastidiosos que a veces la asaltan por la epilepsia que sufre. Ella pudo llegar a más, pero, como suele ocurrir, la línea restrictiva del ingreso ha coartado su intención. Tuvo una media beca para estudiar en una universidad costosa, sin embargo luego no pudo costear el otro 50 %. Ahora le toca cargar en sus días no solo con su violín, sino con esa deuda que ha manchado su historial de créditos, hasta ver si su talento tiene cabida en una plaza con todas las de ley.
Misael Bravo
La crisis lo marca y el sello le da dinero
El común denominador de las siguientes historias es que sus protagonistas saben enfrentar la crisis económica con trabajo, aunque dos de ellos fueron despedidos de industrias importantes del país, por recorte de personal.
Misael Bravo tiene 50 años de edad y trabajó en una de las empresas de cerveza que hay en Guayaquil como maquinista. Desde entonces ha metido carpeta en otras compañías, sin lograr un nuevo empleo en dependencia. Entonces, para llevar el sustento a su hogar optó por ofrecer el servicio de hacer placas, grabaciones en metal y plástico y sellos. Dijo a EXPRESO que la crisis lo marca, pero haciendo sellos gana dinero, aunque sea menos que el sueldo básico. LZA
Carlos Fernández
El calor urbano le da para comer
Mientras más sube el calor urbano, mejor es para Carlos Fernández, quien recorre el centro de la ciudad ofreciendo refrescos.
Hace ocho meses se quedó sin empleo. Fernández dijo a Diario EXPRESO que el 2015 para él fue difícil económicamente. Tiene dos hijos menores de edad que mantener y luego de que lo despidieron de una empresa que elabora jabones logró trabajar por tres meses como guardia en uno de los muelles del puerto, pero otra vez por un recorte de personal salió. Para llevar el sustento a su casa optó por vender colas. Cuando hace mucho calor gana $ 25 por día. Pero como no es un ingreso fijo, al mes obtiene alrededor de $ 300. LZA
Héctor Sánchez
Un abogado con clientes en la calle
Su atuendo lo distingue entre los vendedores ambulantes que hay alrededor de la Fiscalía. Héctor Sánchez es un abogado que por la crisis económica se vio obligado a buscar clientes en la calle, según contó a Diario EXPRESO. Explicó que el dinero que gana le alcanza solo para pagar el arriendo de su casa y dar de comer a su esposa y sus tres hijos, pero no es suficiente para tener una oficina.
Fuera de la Fiscalía ofrece escribir demandas, dar asesoría legal y defender un caso si es necesario. Sánchez manifestó que al mes gana alrededor de 300 dólares y que su esposa lo ayuda económicamente vendiendo ropa, pues también hay que pagar los servicios básicos. LZA