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No son palabras vacias

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Si existe una cartera de Comunicación en un gobierno es para medir, planear y acertar en los mensajes que deben enviarse en determinadas situaciones. A veces para ganar adeptos, a veces para mostrar empatía y solidaridad y, a veces, para ser contundentes y rechazar actos detestables.

No se explica muy bien cuál era la finalidad de informar, con los ánimos caldeados y la sociedad sensibilizada ante la crudeza de las últimas agresiones machistas, que los venezolanos deberían incorporar en su periplo de huida del régimen de Maduro un papel, además de algo de ropa y comida para el viaje, que certifique su idoneidad cívica para convivir con los ecuatorianos. Mucho menos se explica si se descarta, por lógica constitucional, que un Gobierno esté pretendiendo incitar actuaciones xenófobas contra una comunidad por los actos de uno solo.

Ante la duda, vale la pena preguntarse de dónde salió la idea, quién la reflexionó, quién midió las consecuencias que el mensaje acarrearía en un ambiente de tensión como el de las últimas semanas, quién la plasmó en un papel y, sobre todo, quién le dio el visto bueno antes de que saliera a la luz con la firma del presidente Lenín Moreno.

Después, cuando ya se habían levantado focos de turbación contra inmigrantes venezolanos, aparecieron voces del Ejecutivo matizando a no caer en “generalizaciones” o tratando de reconducir el estado de ánimo de los ecuatorianos hacia la calma y, sobre todo, intentando sanear el borrón en la imagen gubernamental. El canciller se vio obligado, para evitar reproches internacionales, a recordar lo que a todas luces es obvio: que hay venezolanos honestos y otros que no lo son. Y estos últimos son una minoría.

Pero nadie, por el momento, ha salido a rectificar ni se están buscando a los responsables del desliz comunicativo. El gabinete de Lenín Moreno ha cerrado filas para que no se vean las grietas en el interior. Ni por la actuación policial, ni por el desastre comunicativo y las lamentables consecuencias que acarreó ni, sobre todo, porque el Gobierno sigue sin ver el camino para atajar la epidemia de violencia machista que azota a las mujeres -y a la sociedad, en conjunto- sin remedio. Mientras la estrategia para apagar fuegos sea la de encender otros, el país seguirá en llamas.

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