La soledad de los libros de segunda mano

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La soledad de los libros de segunda mano

Las librerías de viejo agonizan en Guayaquil. Hay solo media docena de ellas. La gratuidad de Internet y el poco hábito de lectura de los porteños las extinguen.

Tradición. Manuel Fabara heredó de su padre el negocio de vender libros usados. Su local está ubicado en la calle Seis de Marzo, entre Colón y Alcedo, cerca del Mercado Central.

“¡Aaaaaaaagua a cincuenta centavitos!”, grita el aguatero. En la esquina, un hombre ríe a carcajadas con el lustrador que le saca brillo a sus zapatos negros. En un local de ropa, una joven pregunta por el precio de una blusa. Las personas caminan como si alguien las estuviera persiguiendo. Suenan pitos de vehículos manejados por conductores apurados. Algún insulto a lo lejos. Rebajas. Pero allí, en una de las zonas comerciales más intensas de Guayaquil, el librero Manuel Fabara espera.

Con rostro sereno pero cansado, está sentado en un banco de madera, un trono simbólico que lo convierte en amo y señor de los cientos de libros amontonados y variados que tiene a su lado. Se lo ve imperturbable ante el movimiento de la calle. Hasta que llega una joven pareja y pregunta por un diccionario. No lo tiene, pero lo ofrece “para mañana”. La pareja, medio decepcionada, se va y Fabara (ya acostumbrado) vuelve a los libros: los recorre con la mirada una y otra vez, detenidamente, como queriendo no olvidar nunca exactamente qué títulos tiene y cuánto tiempo llevan ahí.

Su librería, en el centro de Guayaquil, es uno de los pocos rincones de libros usados que sobreviven en la ciudad. Él calcula que en el sector existen unos seis locales, incluyendo el suyo. Antes eran más, pero han ido desapareciendo. Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), en todo el país hay apenas 29 establecimientos dedicados a la venta al por menor de libros de segunda mano.

En el suyo, en el que comparte la espera de lectores con su hijo, también llamado Manuel, se encuentran joyas como la colección completa de Historia del Arte de Salvat, con su tradicional pasta dura en vino y dorado, por la que pide 50 dólares. O libros de escritores latinoamericanos como Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Mario Benedetti, Julio Cortázar y Jorge Luis Borges, sus preferidos. “Los precios varían dependiendo del autor y el estado del libro”, detalla.

Es decir que tomaría unos 5.000 días (13 años y medio) vender los más de 20.000 libros que Manuel Fabara guarda en su bodega. Ocho años, si todos los días fueran buenos.

El olvido en el que han caído locales como el suyo -opina- se debe en parte a la crisis y en parte a la tecnología. “Ahora se encuentra todo en Internet, y gratis”, se lamenta. Pero también se lo atribuye a que los guayaquileños no han cultivado el hábito de la lectura. “En Quito se lee más”, sentencia.

Pero no se trata de un problema único de Guayaquil, pues aunque el INEC asegura que el 73,5 % de los ecuatorianos tienen el hábito de leer (lo que podría tomarse como una cifra reconfortante), la mitad de esas personas leen apenas entre 1 y 2 horas a la semana. O sea que les tomaría entre 16 y 32 semanas leer un clásico como ‘Guerra y paz’, de León Tolstói; y entre 2 y 4 semanas una obra contemporánea como ‘Mil veces hasta siempre’ de John Green, uno de los autores más buscados -según Fabara- por los jóvenes guayaquileños.

Esto es, además, menos de la tercera parte de lo que se lee en países como España, donde un estudio de la Federación de Gremios de Editores concluye que los españoles dedican 7,6 horas semanales a leer.

Ese desinterés de los guayaquileños por la lectura que ha ido dejando en soledad a su negocio, lo sufre él también. Con el rostro surcado por las primeras arrugas y el pelo ya canoso, Manuel, de 58 años, confiesa que aunque le gusta, lee únicamente cuatro textos al año.

Ese rincón lleno de colores con un ligero olor a polvo en el que los libros llegan hasta parte de la acera, como desbordándose, es una herencia, un legado. Su padre Lucho, quiteño, se inició en el oficio hace 73 años, en 1945, cuando se radicó en Guayaquil. Aquí montó un espacio dedicado a la compraventa de textos, en el Mercado Central, donde Manuel empezaría a forjar su destino de librero con tan solo 15 años.

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El negocio vivió una época que Fabara recuerda con nostalgia: era visitado por políticos, médicos y abogados reconocidos. Vendía decenas de ejemplares; uno de los textos estrella, el Álgebra de Baldor.

En 2003, la renovación del Mercado Central impulsada por el Municipio obligó a muchos comerciantes a desaparecer y a otros, como Fabara, a desplazarse. Así se acomodó en este local, en 6 de Marzo y Colón, en el que 15 años después el clásico libro de Aurelio Baldor (en el que aparece el matemático Al-Juarismi con turbante rojo en la portada) sigue siendo uno de los más vendidos. Pero ahora la cosa no va tan bien: en un día normal se venden cuatro libros; en un “día bueno”, seis.

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