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Tomar en serio la crisis

Que la mesa no quedó servida ya lo sabe y acepta todo el Ecuador. Incluso los que decían que así había quedado. (El cinismo es un comportamiento que prospera grandemente en nuestro país.)

En efecto, no solo no había mesa servida sino que por poco se llevan hasta la mesa. Los cubiertos, por supuesto, desaparecieron hace rato, lo cual no tiene mayor significado puesto que comían con las manos, disputándose los pedazos, a sabiendas de que las autoridades de control estaban para ejercerlo con los que no eran del grupo gobernante. Entonces, con impunidad garantizada, mientras más “obra pública” realizaban, más se beneficiaban con los sobornos que pasaron a ser casi una “ley de la República”. Como la sed de enriquecimiento rápido se convirtió en una adicción incontrolable, se endeudó al país en las peores condiciones. El objetivo era mantener a los ilusos ciudadanos deslumbrados con la magnitud de las obras que se emprendían, al tiempo que se incrementaban los fondos de los nuevos dueños del Ecuador con los infaltables sobornos.

A los que se atrevieron a denunciar, todavía los tienen con grilletes en el tobillo, comprados, cómo no, con el respectivo sobreprecio y, es de suponer, con la respectiva comisión. (“Propinita”, en el lenguaje oficial que se impuso, cuando no un común y corriente “acuerdo entre privados”.)

Así, mientras se farreaban el patrimonio circunstancial de los altos precios del crudo, a finales de la década infame cayó el precio del petróleo y se vino abajo el andamiaje que el alto gasto público sostenía.

De allí para acá, son intolerables las cifras que muestran el deterioro de la economía. Más allá de los datos, maquillados o no, que presentan los economistas, yo mido la magnitud de la crisis en la frecuencia con que recibo solicitudes de empleo. Me desespera la situación de la gente que me visita con la hija recién graduada de universidad, con el pariente titulado con maestrías y, ambos sin empleo; y dejan sus carpetas en mi escritorio, “a ver si puedo hacer algo.” Yo se las recibo y les ofrezco considerar el nombre, apenas se abra una oportunidad. ¡Amargo!