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La sentencia que dicta Alepo

Debemos detener la masacre en Alepo. Sea cual sea el costo, debemos detener los bombardeos masivos, indiscriminados y al azar, así como también los peores entre todos: los bombardeos no aleatorios y dirigidos, principalmente, contra la población civil, los convoyes humanitarios y los hospitales. Debemos detener estos bombardeos que las fuerzas de Bashar al-Asad y de Rusia han reanudado con más ganas en y alrededor de lo que fue la ciudad más poblada de Siria. Tenemos que exigir un alto al fuego en los próximos días (incluso en las próximas horas), un alto de la lluvia de acero, de las bombas de racimo y las bombas de fósforo, así como de los barriles de cloro que se dejan caer desde helicópteros del Gobierno en los últimos lugares en Alepo que están bajo el control de los rebeldes moderados. El mundo, con las democracias en primera línea, no puede dejar de responder ante las imágenes terribles transmitidas por los pocos testigos que aún siguen allí. Esas imágenes son de cuerpos marchitos y vitrificados de niños; de heridos cuyos miembros, por falta de medicamentos, han sido amputados por médicos desesperados que pronto podrían ser ellos mismos masacrados; de mujeres abatidas por los disparos de cohetes, tal como ocurrió en Sarajevo hace 24 años, mientras esperaban en fila para comprar pan o yogur; de voluntarios derribados mientras excavaban entre los escombros en busca de sobrevivientes; de seres humanos drenados de fuerza que sobreviven en medio de la suciedad y los residuos, despidiéndose así de la vida. Debemos sofocar las columnas de fuego y humo, disipar las nubes de gas en llamas de las armas de sofisticación sin precedentes que utilizan los asesinos. Debemos actuar porque los responsables de esta masacre, de estos crímenes de guerra, de este urbicidio, no se esconden. Estados Unidos decidió no castigar a Asad por el uso de armas químicas. En Europa podemos dibujar nuestra propia línea roja, advirtiendo a Rusia sobre que, en caso de que cruce la línea, vamos a aumentar las sanciones y la vamos a considerar responsable de los crímenes de su vasallo sirio. También podemos tomar de inmediato la iniciativa de establecer un foro para la negociación y la presión, similar al “Formato de Normandía” que el presidente François Hollande y Angela Merkel concibieron exitosamente hace dos años para contener la guerra en Ucrania. Al actuar así, podemos obligar al agresor a llegar a un acuerdo. O podemos quedarnos de brazos cruzados sin hacer nada y aceptar que ocurra otro Sarajevo. Alepo está sitiada y en ruinas, agotada y abandonada por el mundo, y aun así, desafiante -muriendo con sus botas puestas; Alepo es nuestra vergüenza, nuestro delito de omisión, nuestra autodegradación, nuestra capitulación frente a la fuerza bruta, nuestra aceptación de lo peor que puede hacer la humanidad. Una ciudad que ya no grita, y que mientras muere maldice a Occidente. Y, Europa, en la primera línea, arriesga su futuro y una parte de su identidad en la medida en que personas a las que no puede proteger ejercen presión en sus fronteras, pidiendo que se las deje entrar. ¿Capitulará Europa lo que aún le queda de alma en Alepo, o se recompondrá, levantará la cabeza y hará lo que debe hacer?
Project Syndicate