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Sacrificio y victoria de los humildes
La memoria social del deporte del Ecuador es un proceso y producto individual y colectivo. Se teje día a día. Sus logros no se inventan ni caen del cielo. Se hacen en el ser y hacer de quienes aceptan desafíos y sacrificios. Es resultado de un largo trajinar del compromiso humano de hombres y mujeres que se atreven a vivir pagando el tributo que la historia pone e impone en toda circunstancia. Por eso no llama la atención que en ella no figuren potentados, pretenciosos, prepotentes ni envanecidos. Página a página, relato a relato, se fue escribiendo y haciendo con la entrega y triunfos de los humildes. Ahí siempre encontraremos los nombres de hombres y mujeres que vencieron obstáculos porque se atrevieron a ir más allá de la adversidad y de las murallas que se les antepusieron.
Son paradigmas del deporte que no nacieron en cuna de oro ni vivieron entre aniñados. No fueron atendidos ni ayudados por el Estado, políticos demagogos y líderes que se llenan la boca de promesas incumplidas. Carapaz fue del campo a la ciudad. Sembraba, cosechaba papas y ordeñaba. Su primera bicicleta no fue una Specialized, Trek, Merida, Scott, Giant, Cube, Lapierre, etc., sino una chatarra. No la vio como tal. En ella aprendió cómo se equilibra y se imprime velocidad. Y conquistó la gloria en Italia. Jefferson Pérez fue niño trabajador que limpió zapatos y trabajó en los mercados de Cuenca. Pero logró oro en Atlanta. Glenda Morejón comenzó con agua de panela y zapatos viejos, que los hizo oro en Kenia. Pancho Segura fue un niño pasabola que se convirtió en campeón mundial de tenis. Todos prueban que el sacrificio de los humildes los llevó al podio. Son los victoriosos de la resiliencia. De ellos están hechas las páginas y la memoria de la historia del deporte ecuatoriano.
Es curioso que sus historias se repitan. Cuando tenían hambre y necesitaban, el Estado y los políticos estaban ausentes. Solo estaban ellos, sus padres y la idea de vencer adversidades y obstáculos. Por eso su oro los hace campeones de esa resiliencia que los humildes tienen como fuerza forjada en su espíritu. Esto vale recordarlo y tenerlo presente para que no olvidemos cuánto el país les debe a ellos, que llevan la tricolor a lugares estelares.