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Los robots mudan de piel
La ciencia se empeña en que las máquinas sean físicamente parecidas a los humanos. El primer paso ha sido la piel. Los logros ya van desde flexibilidad hasta sensibilidad.

Existe una teoría, la del Valle Inquietante (Uncanny Valley) creada por el profesor Masahiro Mori en 1970, que sostiene que una figura artificial puede hacerse familiar a los espectadores otorgándole una apariencia humana, pero solo hasta cierto punto o podría causar el efecto contrario.
Sin embargo, aunque aún falta mucho para que un robot pase desapercibido entre una multitud, los científicos se empeñan en desafiar la teoría; en desarrollar elementos para sean lo más parecidos a los seres humanos. El primer paso ha sido la piel.
Investigadores del Massachusetts Institute of Technology (MIT) han logrado desarrollar un músculo sintético basado en nailon plástico que daría la posibilidad de crear tejidos humanos artificiales.
En las primeras pruebas se ha comprobado que esta fibra es sorprendentemente elástica, puede durar más allá de 100 mil ciclos y es capaz de contraerse hasta 17 veces por segundo, lo que la hace un material ideal también para aplicaciones industriales. Pero hasta ahora su objetivo es crear músculos biomiméticos para robots.
Y es que la idea de desarrollar piel, músculos y nervios artificiales no es nueva, hay varios proyectos que se apoyan en nanotubos de carbono, en pectina (sustancia usada en las gelatinas alimentarias y fácil de obtener a partir de fibras vegetales), en silicona y hasta en sensores estirables fabricados en impresoras 3D.
Estas ideas han servido para que, al menos en laboratorio, se logre emular la elasticidad de la piel (incluidos los pliegues que causan las expresiones faciales), su capacidad para detectar el calor humano cuando se acerca y hasta el dolor...
¿Para qué detectar dolor si hablamos de máquinas? La Universidad Leibniz en Hannover (Alemania), que trabaja en ello, ha explicado que será de gran utilidad para evitar que los robots se dañen mientras trabajan o se mueven. En el fondo es la misma razón de ser que nuestro sistema nervioso. El dolor está ahí para informarnos de que algo va mal y hacer que nos alejemos de lo que nos está dañando. En definitiva, el dolor nos protege.
La facultad para notar dolor es también necesaria para que los robots no dañen a los seres humanos al entrar en contacto accidentalmente con ellos. En un mundo en el que cada vez hay más máquinas y seres humanos trabajando juntos, es lo mejor.
Pero el objetivo parece ir más allá, una piel para los robots no solo ayudará a que se vean amigables, sino que abriría un mundo de posibilidades en el tema de los trasplantes. Según Science, el siguiente paso sería replicar la anatomía del sistema musculoesquelético humano incluyendo músculos, tendones y huesos. Esto permitiría que los robots ayuden, por ejemplo, en el crecimiento de injertos de tejido para aplicaciones de trasplante de tejido. Y se abriría el camino...
Es así que traer a la vida a una especie de Terminator y olvidarnos de la teoría del Valle Inquietante, después de todo, no resulta una mala idea.
Las investigaciones
Una Piel que detecta calor
Científicos del Instituto Federal de Tecnología de Zúrich han creado una película fina y flexible que detecta cambios de temperatura con gran sensibilidad y podría recubrir a los robots.
Una piel que siente dolor
Un grupo de científicos de la Universidad Leibniz en Hannover ha desarrollado un sistema de sensores que emula los nervios de la piel humana para que los robots sepan interpretar el dolor.
Una piel muy flexible
El MIT ha usado fibras de nailon para formar músculos sintéticos (una alternativa de bajo costo), con la suficiente flexibilidad para que el material sea funcional en el cuerpo de un robot, por ahora industrial.