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Repensar a Robin Hood

las ayudas internacionales al desarrollo se basan en el principio de Robin Hood: quitarle al rico para darle al pobre. Así, agencias nacionales de desarrollo, organismos multilaterales y ONG transfieren más de 135.000 millones de dólares por año de los países ricos a los pobres. Un nombre más formal de este principio es “prioritarismo cosmopolita”, regla ética según la cual debemos valorar del mismo modo a cada persona del mundo, sin importar dónde viva, y luego concentrar la ayuda donde sea más útil, dando prioridad a los que tienen menos. A primera vista parece razonable. En los países pobres un dólar o un euro es dos o tres veces más eficaz que en los países donantes. Llevo muchos años pensando en la pobreza mundial y tratando de medirla, y este principio siempre me pareció básicamente correcto. Pero últimamente no estoy tan seguro, ya que hay problemas fácticos y éticos. Los enormes avances en la reducción de la pobreza mundial se deben más al crecimiento y la globalización que a las ayudas externas. Pero esa globalización que rescató a tanta gente en los países pobres, perjudicó a alguna gente en los países ricos, conforme fábricas y empleos migraron a lugares donde la mano de obra es más barata. Esto parecía un precio éticamente aceptable, dado que los perdedores ya eran mucho más ricos (y sanos) que los ganadores. Sin embargo, la globalización no es tan espléndida para los que no solo no obtienen sus beneficios, sino que sufren sus efectos. Por ejemplo, sabemos hace rato que los estadounidenses con menos educación e ingresos casi no han tenido mejoras económicas en cuatro décadas, y que el extremo inferior del mercado laboral estadounidense puede ser un entorno brutal. ¿Cuánto perjuicio supone la globalización para esos estadounidenses? ¿Seguirán estando mucho mejor que los asiáticos que ahora trabajan en fábricas que antes estaban en EE. UU.? La mayoría sin duda está mejor, pero varios millones de estadounidenses (de ascendencia africana, europea o latinoamericana) hoy viven en hogares cuyo ingreso per cápita es menos de dos dólares diarios, básicamente la misma cifra que usa el Banco Mundial para definir el nivel de indigencia en India o África. Hallar refugio con ese dinero en EE. UU. es tan difícil, que ser pobres con dos dólares al día allí es casi seguro mucho peor que en India o África. Una investigación que hice con Anne Case revela más señales de malestar. Hemos documentado una creciente oleada de “muertes de desesperación” (por suicidio, abuso de alcohol o sobredosis accidental de drogas recetadas o ilegales) entre la población blanca de ascendencia europea. La tasa de mortalidad general en EE. UU. fue superior en 2015 respecto de 2014, y la expectativa de vida se redujo. Tal vez las necesidades más grandes no estén del otro lado del mundo después de todo. La ciudadanía implica una serie de derechos y responsabilidades que no se comparten con personas de otros países. Pero la parte “cosmopolita” del principio ético pasa por alto las obligaciones especiales que tenemos hacia nuestros conciudadanos. Cuando estos creen que las élites se preocupan más por gente al otro lado del mar que por el vecino de al lado, el contrato mutuo se rompe, nos dividimos en facciones, y los que quedaron afuera empiezan a sentir malestar y decepción con una política que ya no hace nada por ellos. Aunque no estemos de acuerdo con los remedios que buscan, no deberíamos ignorar sus muy reales padecimientos, por el bien de ellos, y por el bien de todos.
Project Syndicate