El refugio del taxista

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El refugio del taxista

Sin mediar palabra, el cliente le asestó una puñalada en el abdomen. ‘El Zorro’, haciendo honor a su alias, se lanzó a la pelea y desarmó a aquel “malnacido” que pretendía apoderarse de su jornal.

EL CAFÉ. Algunos conductores se toman hasta cuatro tazas por noche.

Sin mediar palabra, el cliente le asestó una puñalada en el abdomen. ‘El Zorro’, haciendo honor a su alias, se lanzó a la pelea y desarmó a aquel “malnacido” que pretendía apoderarse de su jornal. Pero pagó su arrebato de coraje con dos cuchilladas más: una en el pecho y otra en una mano. “El pan de la familia se defiende con la vida”, zanja contundente.

Federico Hidalgo, de 65 años y padre de once hijos, aún recuerda la fecha, el lugar y la hora del lance. 1 de mayo de 1992, Cerro Santa Ana, 03:00. Las historias más ingratas “son las que nunca se olvidan”. Así que para escarbar en sus memorias, enciende un cigarrillo y se acomoda sus gafas de patillas estrelladas.

Se echó a la carretera allá por 1970. Siempre en la madrugada, cuando las curvas exhiben una excitante desnudez que el viento fresco se encarga de enfriar. “El hombre es un animal de costumbres”, apostilla mientras exhala una densa nube de humo.

Amantes de saldo, enamorados, farreros, sexoservidoras, drogadictos, delincuentes, derrotados, idealistas, bohemios... Todos han pasado por su taxi. En su oxidada carrocería acumula “seis asaltos”, que marca con muescas en una vieja taza de café para impedir que los sueños se apoderen de él. Por eso considera una victoria seguir en este mundo: “Hay muchos heridos, muertos e inválidos en el oficio”.

Son las 00:30. Él y otros quince choferes independientes se apalancan junto a un quiosco de sánduches y bebidas emplazado en la céntrica calle Luis Urdaneta de Guayaquil, entre Quito y Machala. Bajo un perezoso foco, Eduardo Paladine, de 53 años; Franklin Angulo, de 65; y Carlos Estrada, de 55, burlan las penas con el rume nake. “Jugamos a los naipes hasta que se acaba la plata”, suelta Carlos a carcajadas.

A lomos de sus autos, que lavan cada madrugada antes de acostarse, viven hilarantes correrías. Y Carlos, de panza generosa y rácano drama, atesora una de 1999 que todos quieren escuchar por enésima vez, como niños a la espera de que sus padres les lean un cuento antes de dormir.

Necesitaba 380.000 sucres. Debía pagar la matrícula de su hijo y comprarle el uniforme. Muchos fiesteros se retiraban a sus madrigueras cuando tuvo que socorrer a un amigo, cuyo taxi se había averiado a pocos metros del hospital Luis Vernaza. A su lado, varios jóvenes bañados en alcohol se batían a puñetes. “¡Vámonos de aquí”, le espetó su compañero. Pero Carlos avistó a un hombre que yacía ebrio dentro de un “lindo” Nissan Pathfinder con vidrios ahumados. Tenía el pie derecho sobre el acelerador. Y el motor, que estaba encendido, rugía desbocado.

Temió que algún pillo lo limpiara, de modo que le despertó: “‘O llamo a un patrullero o lo llevo a su casa. Usted va a matar a alguien o se va a matar’, le abronqué. Como me pidió que lo llevara, dejé mi auto junto a una funeraria”.

El señor le pagó tres veces. La primera, con 120.000 sucres, nada más subirse al vehículo. Pero Carlos le recordó que debía costearse un taxi de regreso. “Mira que jod...”, balbuceó el tipo, que le entregó un segundo fajo de dos millones. “¿Quieres más?”, ironizó. La última fue al llegar a su villa, en Los Ceibos.

El cliente, que tenía otros cuatro carros parqueados enfrente de su domicilio, abrió la guantera. El chofer tembló cuando vio una pistola Browning “nuevecita”. Pero el hombre ni la tocó. En su lugar, le regaló un anillo de oro. “Si no me hubieses traído, me habría perdido”, le agradeció. Después vendería la alhaja por 1,3 millones.

Carlos se aferra a una regla. O más bien, a una superstición. Cuando siente que es hora de la última carrera, se para. Está convencido de que los problemas arrecian por no saber decir “basta”. Cada uno tiene sus trucos para sortear los atracos y asesinatos, que les empujaron a dejar los oasis de ocio, a aislarse en su pequeño refugio mientras esperan a que algún usuario los telefonee. Ni los botones de pánico ni las cámaras implantadas en los vehículos les aseguran la tranquilidad.

“Antes, la gente era más sana. Pero a algunos descerebrados no les importa que los graben”, apostilla Hipólito González, que a sus 60 años acumula cuatro décadas cargando a extraños hasta que el sol le empuja a recluirse en un sarcófago de sábanas, de donde se levanta a las 16:00. La luz del día lo desubica tanto que a menudo se pierde en las mismas avenidas que puede recorrer, casi con los ojos cerrados, cuando la ciudad descansa.

Los más jóvenes prefieren la “charlotada” a los naipes. En un comedor de la Décima y Gómez Rendón, en el suburbio porteño, diez taxistas de una cooperativa, que tunean sus autos con banderas de Barcelona, luces de colores y peluches para que estén “bien presentaditos”, apuran sus chuletas y presas de pollo antes de patrullar por los alrededores de bares y discotecas.

Ellos aún atesoran el fondo que a los veteranos empieza a faltarles. Pero se protegen como una familia: cuando uno se desplaza a un punto conflictivo, advierte por radio a los demás. Y si se produce algún altercado, acuden como avispas en su ayuda.

Los vaciles vuelan al calor del asadero. “La crisis” es más llevadera con una copiosa ración de humor. “Aquí nos fían. Si no hay carreras, no pagamos”, bromea Julio César Buenaño, de 36 años.

Pero la camaradería no logra enmascarar la aflicción de quienes, como Abel Vergara, de 37 años, han perdido a alguien cercano. Su sonrisa redonda se encoge como un muelle cuando evoca el crimen de su “compadre” Jonny Canales, asesinado hace seis años de un disparo en el cráneo. Estuvo con él hasta quince minutos antes de que lo mataran. “Me timbró cuando agonizaba. Se cortó y le devolví la llamada. Ya no cogió”, repasa contrariado.

Pero Javier Díaz, cuatro años más joven, irrumpe raudo para devolverle la alegría. Y lo hace con un remedio infalible: una chistosa andanza.

Hace tres meses, dos mujeres se embarcaron en los asientos traseros de su taxi para dirigirse a la Floresta. Javier escuchaba unos ruidos extraños, así que recolocó el retrovisor interior. Ambas se besaban como si el fin del mundo se aproximara imparable. Durante unos segundos, las observó, tiempo suficiente para embancar su auto en un bache y reventar la llanta: “‘Eso te pasa por fijarte en lo que no debes’, me recriminaron. Se fueron sin pagar”. No hace falta más. Las risas vuelven a la mesa.

Aquejados por las infidelidades

Tres partidas simultáneas de rume nake se disputan en un bar de las céntricas calles Alcedo y Lizardo García, donde se congregan veinte taxistas ya curtidos.

Entre ellos está Gustavo Fuentes, de 68 años. Es el mayor del grupo. Hace unos meses, la diabetes se ensañó con sus ojos y se quedó “medio ciego”. Pero la enfermedad no ha mermado sus ganas de reunirse con quienes compartiría hasta “la sangre”. Así que sigue acudiendo al local y, tras cada jornada, sus compañeros le dan algo de dinero para que supere el bache. “Aquí vengo, a fastidiar la vida”, se jacta.

A medio camino entre el sarcasmo y la resignación, sostiene que a los conductores noctámbulos les aqueja otro mal: las infidelidades de sus parejas. “Las mujeres necesitan que las abriguen. Pero el chofer no puede amargarse por más cachudo que sea”, apunta. Palabra de taxista.