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Los refugiados en Nueva York
Todos los años en septiembre, muchos presidentes, primeros ministros y cancilleres del mundo viajan a Nueva York, a la sesión anual de la Asamblea General de las Naciones Unidas, para pronunciar discursos y marcar en sus cronogramas la mayor cantidad de reuniones humanamente posibles. También para designar una cuestión o problema específico que requiera una atención especial, que este año será la situación de los refugiados (y de los inmigrantes): qué más se puede y se debe hacer para ayudarlos (hay 21 millones de refugiados en el mundo). En Europa, la mayor resistencia política a la canciller alemana Angela Merkel, el voto del “brexit” y el creciente atractivo de los partidos nacionalistas de derecha se pueden atribuir a temores reales e imaginados generados por los refugiados. La carga económica y social en países como Jordania, Turquía, Líbano y Pakistán, a los que se les está pidiendo que den acogida a grandes cantidades de refugiados, es inmensa. También existen temores de seguridad sobre si algunos de los refugiados son terroristas reales o potenciales. En principio, hay cuatro maneras de hacer algo significativo respecto del problema de los refugiados. La primera y fundamental es tomar medidas para asegurar que la gente no tenga que huir de sus países o, si tiene que hacerlo, crear condiciones que les permitan regresar a su hogar. Pero esto exigiría que los países hagan algo más para poner fin a los combates en lugares como Siria. Desafortunadamente, no existe un consenso sobre qué es lo que esto requeriría y, aún donde existe cierto consenso, lo que no hay es la voluntad suficiente como para comprometer los recursos militares y económicos que harían falta. La segunda manera es garantizando su seguridad y bienestar (salud, educación y seguridad física). Una tercera forma implica asignar recursos económicos para ayudar a lidiar con la carga. Y finalmente, encontrar lugares para que vayan los refugiados. La realidad política, sin embargo, es que la mayoría de los gobiernos no quieren comprometerse a aceptar un número o porcentaje específico de los refugiados del mundo. A quienes hacen la parte que les corresponde (o más) se los debería distinguir con un elogio -y los que no, deberían ser el blanco de críticas.
Todo esto nos retrotrae a la ciudad de Nueva York. Lamentablemente, hay pocos motivos para ser optimista. El borrador de 22 páginas del “documento de resultados” que se votará en la reunión de Alto Nivel del 19 de septiembre -profuso en generalidades y principios y escaso en puntos específicos y políticas- no serviría de mucho, si es que en realidad sirve de algo, para beneficiar al conjunto de los refugiados. Una reunión programada para el día siguiente, cuyo anfitrión será el presidente norteamericano, Barack Obama, tal vez logre algo en materia de financiamiento, pero no mucho más. La cuestión de los refugiados ofrece otro ejemplo notorio de la brecha entre las acciones que hacen falta para enfrentar un desafío global y lo que el mundo está dispuesto a hacer. Lamentablemente, lo mismo es válido para la mayoría de los desafíos de este tipo, desde terrorismo y cambio climático hasta proliferación de armas y salud pública.
Project Syndicate