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Razon de la quema del marfil

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Kenia está por destruir todas sus reservas de marfil de elefante. Más de 100 toneladas de “oro blanco” -tanto obtenido de manera ilegal (confiscado a cazadores furtivos o traficante), como acumulado por muerte natural- se convertirán en humo. En China -donde se consume o acopia la mayor parte del marfil del mundo- el precio que se dio a conocer recientemente es de 1.100 dólares el kilogramo, lo que lleva a un valor total de unos 110 millones de dólares. Para la mayoría de los economistas, la idea de destruir un bien tan valioso es un anatema. Pero hay buenas razones para que un país -incluso uno tan pobre como Kenia- se desprenda de su riqueza de marfil prendiéndole fuego: la destrucción de las reservas fortalece la credibilidad de las campañas destinadas a reducir la demanda en el este de Asia, sin las cuales el problema de la caza furtiva nunca se solucionará. La reducción de la demanda apunta a modificar los gustos de los consumidores y así debilitar el mercado para el producto. De esta manera, los precios caen, y con ellos el incentivo para que los cazadores furtivos sigan matando elefantes. Por el contrario, si los países mantienen sus acopios, demuestran que prevén vender marfil en el futuro. No obstante, quienes proponen un comercio de marfil internacional, legal y regulado sostienen que los esfuerzos por reducir la demanda pueden convivir con una oferta legítima limitada. Pero esta línea de razonamiento tiene una flaqueza peligrosa: supone que un cártel legal -un modelo propuesto para regular la oferta- desplazaría a los proveedores ilegales al ofrecer marfil en el mercado a un costo menor. Esta suposición es, cuanto menos, dudosa. Las cantidades que se comercialicen a través de un mecanismo legal serían insuficientes para inundar el mercado y hacer bajar el precio. En verdad, el comercio legalizado minaría los esfuerzos de reducción de demanda y así el precio del marfil probablemente se mantendría alto, lo que aseguraría que la caza furtiva continúe.

Según regulaciones de la Cites, los gobiernos solamente pueden venderles a otros gobiernos. Pero lo que otros gobiernos están dispuestos a pagar puede llegar a ser una décima parte del valor ilícito. Y, aún en ese caso, los gobiernos solo pueden vender marfil obtenido de manera natural, no el que haya sido confiscado a cazadores furtivos o traficantes ilícitos. Preservar -en lugar de quemar- las reservas es una opción ineficiente. Mantener un acopio es costoso -y muchas veces inútil- desde un punto de vista administrativo y operacional. La gestión de inventarios demanda mucha mano de obra y tecnología. Finalmente, quemar marfil por un valor de millones de dólares tiene un impacto simbólico innegable. Envía un claro mensaje: el marfil pertenece a los elefantes y a nadie más. Y deja en claro que los elefantes valen mucho más vivos que muertos. Además, la caza furtiva también tiene un impacto negativo en las comunidades, al beneficiar a pocos a expensas de muchos. Una investigación reciente ha demostrado que las conservaciones comunitarias (zonas destinadas a la conservación de la vida silvestre) en el norte de Kenia son formas sumamente efectivas de preservación del paisaje (y por lo tanto de los elefantes), siempre y cuando existan los incentivos correctos.

Kenia debería recibir elogios por tomar una decisión inteligente -y eficiente-. Sus vecinos deberían seguir su ejemplo.

Project Syndicate

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