No quieren dejar su barrio

  Actualidad

No quieren dejar su barrio

No les importa el riesgo. Ellos pasan la noche debajo de lo que quedó de sus viviendas, tras el terremoto de 7,8 grados, del sábado 16 de abril. Los pobladores de la ciudadela Tarqui, el sector más destruido en Manta, no quieren ir a los albergues.

No quieren dejar su barrio

No les importa el riesgo. Ellos pasan la noche debajo de lo que quedó de sus viviendas, tras el terremoto de 7,8 grados, del sábado 16 de abril. Los pobladores de la ciudadela Tarqui, el sector más destruido en Manta, no quieren ir a los albergues.

La noche es lo más duro. Los vecinos esperan entre tinieblas, sentados en sillas, colchones y hamacas improvisadas. Los colocaron entre los pilares de las viviendas que aún están en pie. No tienen energía eléctrica, ni agua. Se alimentan solo con donaciones.

El viernes, José Mera llegó a su casa a las 22:00. Estaba acompañado por sus dos hermanas y dos mujeres policías. Tenían una funda con víveres y vituallas que le entregaron en la UPC Las Golondrinas. Recibieron aceite, azúcar, agua, arroz...

Él, contó a EXPRESO, decidió no irse a ningún albergue para cuidar su casa y los pocos bienes que no perdió con el movimiento telúrico. Se siente más seguro, dijo, en su barrio, en el que ha pasado toda su vida.

No es el único. A una cuadra, están Omar y Estrella Castro, acompañados de Patricio Ponce. Ellos también están sentados cerca de las ruinas de su casa. A oscuras. Omar, quien tiene en sus brazos a su perro, tampoco está dispuesto a dejar el barrio. Ahí está su vida, aseguró. Hacen turnos para vigilar. “A veces nos dormimos de 23:00 a 01:00, luego nos despertamos y seguimos custodiando”, explicó.

“No podemos dormir porque tenemos miedo de que haya otro temblor. Todos los días tiembla la tierra y eso me tiene aterrorizada”, interrumpió Estrella, mientras acaricia al perro.

En la oscuridad, se escuchaba el fuerte sonido de una planta eléctrica. En la esquina, la luz y el sonido de un televisor delataron a un grupo de mantenses. Tienen una pila de colchones sobre unos cartones, una mesa pequeña, en la que está el televisor de 21 pulgadas y a colores, y unas sillas plásticas.

Sacaron todo eso de la casa de Zoila Lucas. Ella está a la espera de que las autoridades le digan qué va a pasar con su vivienda. Tampoco quiere estar en un albergue. “Aquí nos acomodamos. A las 23:00 apagamos la televisión y la planta y nos vamos a descansar”, relata. Esa es su nueva rutina desde el sismo.

Jorge Barca, de 53 años, está en el grupo. Él es pescador y está solo. Su familia salió a un lugar seguro y él se quedó cuidando las cosas que sacó de su vivienda que se desplomó.

Todos ellos se resisten a ir a los albergues que se han levantado en varios puntos de la ciudad. Por suerte, dijeron, reciben ayuda. Una mano solidaria llegó desde Morona Santiago.

Cinco trabajadores de la prefectura acompañan a los vecinos de Tarqui. Ellos llevaron alimentos, una cocina, utensilios, un carro con agua y un camión para recoger la basura. Les dan desayuno, almuerzo y merienda, contó a EXPRESO Jhonatan Coraizac.

“De desayunar preparamos bolas de verde con huevo y café. En el almuerzo, arroz con papitas y ensalada. Y de merienda arroz con atún”, precisó el chef Patricio Unkuech.

¿Y la seguridad? Los militares están a cargo. Lo confirma el sargento primero Macías, del Batallón Guayas. Ellos hacen turnos de ocho horas y rotan entre cuidar los barrios, proteger los centros de acopio y repartir los productos. “Esto me ha hecho sentir muy orgulloso de ser soldado. La gente confía en nosotros y en el trabajo que hacemos”, dijo.

Los uniformados también han pasado momentos de angustia en la emergencia. El momento más triste para Macías fue cuando una persona de la tercera edad y una niñita llegaron hasta un sitio donde removían escombros. “Al decirle que no podía estar ahí, el señor se puso de rodillas y lloró como un niño, nos pidió que le dejemos estar ahí porque estaban sacando los cadáveres de su esposa y sus dos hijas”, relató. “Se me cayó el alma al piso. Eso me marcó y me puso a pensar en mi familia y que lo más importante son ellos”, añadió el sargento primero.

También se han llevado algunos sustos. La noche del miércoles, cuenta, junto con su compañero vio a una niña que cruzaba y corría por la calle. Le gritaron y vieron que entró en una casa destruida. “Cuando ingresamos vimos que se cruzaba pero desapareció entre las paredes. Mi compañero gritó y salimos de prisa”, contó.