
Tuberculosis en prisiones de Ecuador: epidemia silenciosa que amenaza a la comunidad
Casi 700 internos murieron por tuberculosis en 2025; Guayas concentra el 58,1 % de los casos en cárceles
En 2025, las cárceles de Ecuador cerraron el año bajo la sombra de una crisis sanitaria silenciosa. Cerca de 700 personas privadas de libertad murieron presuntamente por tuberculosis, según datos obtenidos por este Diario. Solo en las prisiones de Guayaquil se registró un promedio de entre tres y seis fallecimientos diarios, una cifra que encendió las alertas sobre la falta de control, prevención y protección tanto para los internos como para el personal sanitario y forense.
El impacto de estos números dejó consternada a la comunidad médica, mientras el silencio institucional profundizó la incertidumbre. Hasta el cierre de esta nota, ni el Ministerio de Salud Pública (MSP) ni el Servicio Nacional de Atención a Personas Adultas Privadas de la Libertad (SNAI) respondieron a los pedidos de información realizados por este medio. A ello se suma la ausencia de acciones visibles para fortalecer unidades especializadas, o volver a poner en funcionamiento el Hospital Neumológico Alfredo J. Valenzuela, históricamente clave en el tratamiento de la tuberculosis.
La falta de datos oficiales y de un sistema de vigilancia actualizado agrava el escenario. Así lo explica el infectólogo Washington Alemán, docente de la Universidad de Especialidades Espíritu Santo (UEES), quien señala que no existen cifras precisas sobre la magnitud real del problema en los centros penitenciarios. “No tenemos números exactos, pero sí sabemos que hay un aumento sostenido de casos y defunciones”.

Riesgo de transmisión hacia la comunidad
Washington Alemán
Alemán dice que el riesgo trasciende los muros carcelarios. La constante circulación de guías penitenciarios, policías, personal administrativo y visitantes convierte a las cárceles en focos activos de transmisión hacia la comunidad. “El temor es que esto salga de las prisiones y empiece a afectar a la población, porque no hay medidas de bioseguridad efectivas”, manifiesta.
Durante un conversatorio en la UEES, especialistas coincidieron en que una de las salidas urgentes es reabrir el Hospital Neumológico Alfredo J. Valenzuela como unidad especializada para el aislamiento y tratamiento de pacientes infectocontagiosos. Alemán sostuvo que la solución no es solo médica, sino política y presupuestaria, e incluso recordó que autoridades del propio SNAI han reconocido la necesidad de contar con un hospital y no solo con policlínicos penitenciarios.
Desde el análisis territorial, el arquitecto y planificador Héctor Hugo indica que Guayas concentra el 58,1 % de la carga nacional de tuberculosis, estrechamente vinculada al sistema penitenciario, donde el 97 % de las personas privadas de libertad viven en condiciones de hacinamiento extremo. A ello se suma la alta movilidad: entre 33 y 35 personas salen diariamente de las cárceles del Guayas, cifra que puede duplicarse en procesos de excarcelación masiva.

Estrategias de prevención y control
“La tuberculosis sale de la cárcel hacia el barrio y la casa. Si hay enfermedad activa, el bacilo se transmite a la comunidad”, alerta Hugo, al señalar que el 70 % de las personas privadas de libertad recibieron visitas en el último año, territorializando el riesgo sanitario. Su propuesta apunta a integrar datos penitenciarios, geografía y epidemiología para crear mapas de riesgo y cercos preventivos.
Mario Paredes
Para Mario Paredes, epidemiólogo de la Armada del Ecuador, el hacinamiento carcelario no es solo un factor de riesgo, sino el motor que sostiene la epidemia. Desde su experiencia en control sanitario institucional, sostiene que las cárceles funcionan hoy como reservorios activos de la enfermedad. “Cuando usted tiene transmisión sostenida en un espacio cerrado, mal ventilado y sin aislamiento efectivo, lo que crea es un reservorio epidemiológico permanente”, señala, al subrayar que sin una intervención estructural, la tuberculosis seguirá reproduciéndose dentro y fuera de los centros penitenciarios.
A diferencia de otros enfoques, Paredes pone el acento en la disciplina operativa y la vigilancia continua como ejes de control. Desde su perspectiva, el problema no es solo detectar casos, sino sostener el control en el tiempo. “La tuberculosis no se controla con acciones aisladas ni campañas puntuales. Se controla con vigilancia activa, tamizaje repetido y cumplimiento estricto del tratamiento”, afirma, advirtiendo que cada interrupción terapéutica abre la puerta a la resistencia bacteriana y a nuevos brotes.
Integración penitenciaria a la estrategia nacional
En cuanto a las soluciones, el epidemiólogo plantea que el sistema penitenciario debe integrarse plenamente a la estrategia nacional de control de la tuberculosis, con infraestructura especializada y protocolos similares a los utilizados en entornos militares.
“Aislar casos infecciosos, proteger al personal y garantizar tratamiento supervisado no es una opción, es una necesidad sanitaria”, destaca Paredes, quien recalca que habilitar espacios hospitalarios especializados permitiría “romper la cadena de transmisión antes de que el problema se traslade definitivamente a la comunidad”.
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