La politica sigue en deuda

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La politica sigue en deuda

Los países plenamente democráticos siempre se han caracterizado por fomentar la fluidez de las ideas y de la libre expresión, al menos sobre asuntos inherentes al desarrollo de la sociedad, a las contradicciones de la política y, sobre todo, a la discusión de la cosa pública.

Ecuador tiene ejemplos históricos sobre lo que puede significar la confrontación de ideas en campaña electoral, tiempo en el que se necesita la mayor cantidad de debate posible para que la comunidad cuente con los insumos necesarios para decidir su futuro. Esto debería ser una obligación frente al país.

Hace algunos años el análisis sobre las propuestas de los candidatos era una condición elemental antes de los comicios. De hecho, las elecciones se definían por la trascendencia y contundencia del discurso frente al contendor, en un terreno siempre minado por la demagogia y el famoso “yo te ofrezco, pero busca quién te dé”.

En esas circunstancias, el elector tenía claras las tendencias de los postulantes y a lo que se atenía en caso de que triunfara una u otra opción. En la actualidad, la situación no es de las mejores. No solo que hay ausencia de debate, sino que impera la violencia entre grupos antagónicos, el puñete y el insulto fácil en las redes sociales, la nueva calle por la que circulan todo tipo de ofensas y de noticias falsas.

La coyuntura se caracteriza por la guerra digital, tan vacía de contenido y fugaz en el tiempo, en la que impera la propaganda edulcorada con mensajes que apelan a la sensibilidad y no a la acción política.

El hecho de que los competidores no enfrenten sus tesis de gobierno deja en el aire una sensación de impotencia e indiferencia ante la realidad de un país que tampoco exige respuestas. Temas como la vialidad, urbanismo, seguridad, las nuevas tecnologías, los parques industriales, entre otros, han quedado relegados y los políticos siguen en deuda. En definitiva, la campaña ha sido insípida en los primeros días, marcada solo por los constantes desacuerdos de los vocales del Consejo Nacional Electoral, situación que parece empeorar con el paso de los días.

Los ciudadanos no podemos permitir que nos obliguen a elegir a ciegas, sin tener los insumos necesarios para discernir entre lo mismo de siempre y un planteamiento que nos garantice el desarrollo libre de populismos y de corrupción. Ecuador no puede arriesgarse a cometer errores.