Politica de guerra de Trump

La última palabra en relación con el ataque con armas químicas en Siria del 4 de abril, todavía no está dicha. Pero, sobre la responsabilidad por el ataque, la respuesta militar de Estados Unidos y el efecto del episodio sobre el curso de la guerra civil en Siria, debe quedar claros: en primer lugar, que todos los gobiernos mienten cuando les conviene y piensan que pueden hacerlo impunemente. Los gobiernos democráticos mienten menos que los autoritarios porque les es más difícil hacerlo impunemente. De ahí que la explicación del presidente ruso Putin es preferible a la del presidente sirio Al Asad, y la del presidente estadounidense Trump a la de Putin. Asad dijo que la masacre fue un “invento”. Putin admite que sucedió, pero asegura que el arsenal de armas químicas estaba en territorio controlado por rebeldes y que la liberación de compuestos tóxicos fue deliberada o accidental, como consecuencia de bombardeos del gobierno. El Gobierno de Trump señala pruebas concluyentes de que el de Asad planeó y ejecutó el ataque. Lo más probable es que hubo un ataque con gas sarín y que fue ordenado por el régimen de Asad, pero ofrecía una ventaja militar tan pequeña que no compensaba el efecto probable en la opinión internacional, la mala posición en que dejaría a Rusia (su aliada) y el peligro de provocar una respuesta estadounidense. Segundo, Trump puso de manifiesto su inestabilidad psicológica. Tras proclamar una y otra vez que su objetivo como presidente no era hacer de gendarme del planeta, hace precisamente lo contrario. Tanto si su respuesta fue emocional, pensada para atemorizar a Corea del Norte o una mezcla, coincide con lo que el psicólogo y premio Nobel Daniel Kahneman denominó “sistema 1” de pensamiento: la tendencia a reaccionar impulsivamente ante problemas complejos, cuando lo que se necesita es un análisis más cuidadoso (sistema 2). Tercero: la declaración en Moscú del secretario de Estado, Rex Tillerson, de que “el reinado de la familia Asad está llegando a su fin”, no tiene sentido. De los 16 millones de sirios que permanecen en Siria, el 65,5 % vive en territorio controlado por el gobierno. A menos que Tillerson tenga en mente una política encubierta para eliminar a Asad mediante asesinato o golpe de Estado, insistir en su salida del poder como condición para una solución política en Siria equivale a prolongar la guerra civil: más apoyo armado para la oposición implica más respaldo ruso para el régimen. La política estadounidense (si la hay) es una política de guerra, sin límite de tiempo y con consecuencias incalculables. Una política exterior prudente es completamente diferente de una respuesta “proporcional” a un hecho concreto, porque implica saber qué fines se buscan con los medios elegidos. Es decir, la política exterior demanda pensamiento estratégico. Trump no ha dado señales de poseerlo; de hecho, su impulsividad plantea el riesgo de crear en Siria un pozo mucho más hondo donde caigan Estados Unidos, el RU y Rusia. Dice Keynes: “Además del riesgo que supone cualquier método de progreso violento, hay otra cuestión que a menudo es necesario recalcar: no basta que el estado de cosas que buscamos sea mejor que el que lo precedió, sino que debe ser suficientemente mejor para compensar los males de la transición”.