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Podran curar sus heridas

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Las competencias para nominar a los candidatos de los partidos Demócrata y Republicano de Estados Unidos están casi terminadas y enfrentan ahora al desafío de reunificarse para la próxima campaña presidencial, que será mucho más difícil de lograr que en la mayoría de las otras elecciones. Si bien es matemáticamente imposible que Bernie Sanders obtenga suficientes delegados para conseguir la nominación demócratas aún sigue en carrera, por lo que Hillary Clinton no puede empezar a trabajar en curar las heridas, y ganarse el apoyo de los millones de votantes que respaldan fervientemente a Sanders supone un gran desafío ya que este lidera un movimiento que se opone a lo que Clinton y el “establishment” representan. Un modo de unir las facciones del partido es que el ganador seleccione a su rival como candidato a la vicepresidencia (como John F. Kennedy eligió a su otrora feroz oponente, Lyndon B. Johnson). Pero Clinton no va a hacer lo mismo con Sanders, quien no está temperamentalmente preparado para un papel de subordinado y tiene con Clinton diferencias propositivas surgidas de visiones muy distintas respecto de la función del Gobierno federal. Probablemente cuando Obama eligió a Clinton como su primera secretaria de Estado fue porque era mejor tenerla dentro que fuera del Gobierno. Aun así, la lealtad de Clinton no fue absoluta. Pero es seguro que en cuanto Sanders esté fuera de competencia, Obama hará campaña decididamente por ella. Sin duda Sanders intentará obligar a Clinton a incluir ciertas cuestiones en la plataforma política del partido para la elección de 2016. Durante la campaña por la nominación consiguió moverla un poco más a la izquierda en temas como comercio internacional, salario mínimo y encarcelación masiva, pero hay un límite a lo que ella puede ceder sin perder votos de los independientes. Las propuestas de Sanders gozan de respaldo (particularmente entre los jóvenes) aunque gran parte de su programa (como transformar Obamacare en un sistema de salud universal financiado con impuestos) es políticamente inviable. Tampoco es factible una división legal de los gigantes bancarios de Wall Street. Además, Clinton y Sanders todavía se sacan de quicio mutuamente. A Clinton puede serle difícil ganarse a los partidarios de Sanders; muchos de ellos no la quieren: la tercera parte dijo que no votará por ella. En abril, solo 40 % de los demócratas le daba un puntaje alto en honestidad y fiabilidad, y solo el 50 % le tenía una opinión favorable en general (el índice de aceptación de Obama en 2008 era 60 %). Es verdad que Clinton tiene muchos partidarios decididos, pero el mayor peligro que enfrenta en la elección de noviembre es que demasiados demócratas no se molesten en ir a votar. Su campaña depende de que Donald Trump actúe como elemento unificador del partido. Para los republicanos también será un problema unirse en torno de Trump (quien prácticamente ya es el candidato del partido). La mayor parte lo considera demasiado ignorante y presuntuoso para ser presidente (a fines de abril, el 40 % respondió que no lo apoyaría) y temen una derrota tan aplastante que les cueste el control del Senado y reduzca su mayoría en la Cámara de Representantes. Por primera vez en la historia de EE. UU., los candidatos de los dos partidos recogen más desaprobación que apoyo en todo el país (aunque Trump más que Clinton).

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