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El Paraiso perdido

La presencia de infractores que no respetan siquiera los sitios religiosos, preocupan a quienes viven en la ciudadela El Paraíso, una de las más antiguas y ubicada en el norte de Guayaquil.

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La inseguridad volvió. El peligro, los robos, el consumo de droga. La presencia de infractores que no respetan siquiera los sitios religiosos, preocupan a quienes viven en la ciudadela El Paraíso, una de las más antiguas y ubicada en el norte de Guayaquil. Atrás, dicen los moradores, quedó la imagen de ese barrio de paz que hacía honor a su nombre. “Vivimos en las tinieblas”, aseguran. “Hace veinte años se vivía mejor”.

María Elena Macías, quien habita en una de las 4.500 viviendas que se levantan en el sector, añora los tiempos en los que cerraron dos de las tres únicas vías de acceso a la ciudadela y que dan hacia la avenida Carlos Julio Arosemena. Era 1999 y no entraba cualquiera, evoca. “Los niños vivían en libertad. Jugaban pelota en la calle. No había temor de que los lastimen... menos aún de que les ofrezcan sustancias”.

Ahora, dice, ni la Virgen se salva, pues al pie de esa histórica gruta donde yace su imagen, decenas de personas consumen drogas y alcohol, dibujan obscenidades en las bases del monumento y hasta tienen relaciones sexuales.

La gruta de la Virgen Santa María del Paraíso, ubicada a escasos pasos del mirador, tal como publicó EXPRESO en días pasados, continúa siendo el ícono del barrio. Las familias se reúnen allí, los fieles de la parroquia la visitan cada sábado. Pero asimismo cada que lo hacen, encuentran restos de marihuana, botellas de cerveza, preservativos y cuchillos.

La abundante maleza y la oscuridad, debido a que los focos de los faroles están rotos, ha dado cabida a los robos. “Pasadas las 20:00, uno escucha gritos, gemidos”. En las faldas del cerro, recuerda Patricia Amores, que lleva 51 años viviendo en el sector, han dejado hasta cadáveres y personas escopolaminadas.

“En los últimos años este problema ha proliferado. Hace unos días, por ejemplo, a un vecino lo drogaron y le robaron. Él estaba con su nieta. Menos mal no les interesó llevarse a la nena”, manifiesta.

Otros moradores fundadores, afirman, sin embargo, que la inseguridad no es un problema solo de las alturas. “Los asaltos no se dan solo en el cerro o las canchas que allí se levantan, sino también en los bajos de la ciudadela, en las calles peatonales, cerca de la Unidad de Policía Comunitaria (UPC)”, señala Nelly Junco Patiño, presidenta del Comité Socioecológico del sector.

“El arranche es constante. El robo de accesorios de carros, perenne. Hace tres años mediante un estudio comprobé que se robaban accesorios cada tres días. Hoy la situación es peor. El robo es a diario. Incluso se te meten a la casa y te vacían todo. Me pasó a mí”, agrega Marcos Landívar, quien tiene su vivienda en la calle Los Limones y la Segunda Peatonal.

Ante la problemática, los vecinos piden más vigilancia, la instalación de cámaras de seguridad y más presencia policial.

Aseguran que la UPC situada en el parque dicen, “está de adorno”. Pasadas las 20:00, cuando decenas de motos, algunas sin placas, empiezan a circular por la zona y cuando varios “adictos y vendedores de droga” se refugian en el cerro -EXPRESO lo comprobó en un recorrido- los agentes se van.

“Uno va a la UPC a pedir ayuda, toca la puerta, los llama, pero las instalaciones están vacías”, explica la también residente Mariana Villamar.

El coronel Álvaro Andrade, jefe de operaciones del distrito Florida al que pertenece El Paraíso, lo niega. “Por las noches tres agentes custodian la zona, uno de ellos de forma perenne desde la UPC. Tenemos un agente que por cuestiones médicas y por estudios se ausenta una noche, pero eso es solo cuando está de turno. No todos los días”, matiza.

De todos modos, afirma Andrade, el permiso del agente no afecta a la seguridad, pues lo que hacen es que uno de los otros dos policías de turno se queda en la UPC y el otro sale a patrullar por las calles en un vehículo.

A los moradores no les consta, pero sea cual fuere el caso, dicen, están en busca de una solución. “Por ahora, como ayuda inmediata, pedimos al Municipio que alumbre al mirador. El turismo se está aplacando por los robos. No queremos ser más un lunar en Guayaquil”.

Respecto a esas versiones, el coronel Andrade menciona que los robos han disminuido en los últimos meses y que él ha destinado un “equipo especial motorizado” que sale en las noches a vigilar el mirador y sus alrededores.

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