Centro de Guayaquil
El silencio de las noches del centro evidencia su progresivo despoblamiento
Edificios se transforman en bodegas mientras el padrón cae. Ante la migración, académicos sugieren incentivos para revertir la situación

Cada vez viven menos personas en el centro de Guayaquil.
Vivir en el centro de Guayaquil
- Calles y edificios del casco urbano lucen desolados pasadas las 18:00 por la falta de vecinos.
- Arquitectos proponen al Municipio incentivos tributarios para impulsar la creación de viviendas.
- Residentes actuales carecen de espacios de convivencia y obras públicas para mejorar su entorno
La Bahía es un rugido ensordecedor que muere al caer la noche.
En ese silencio, el centro de Guayaquil cobra otro sentido para los pocos que aún residen en el casco comercial, teniendo de vecinos a enormes bodegas y edificios que se vacían progresivamente con la constante migración de sus habitantes.

Un guardia vigila una calle desolada en la noche.
Los pocos que quedan en el casco comercial
Son las 21:00. En la intersección de las calles Chile y Febres Cordero apenas circulan dos barrenderos de Urvaseo y un guardia de seguridad que duerme sobre una silla de plástico. Algunos vecinos se asoman a sus balcones para matar el tiempo.
Alex Macacela baja de uno de estos edificios hacia la tienda.
“Sí, es botado, pero en la noche es tranquilo. No se escuchan ruidos, aunque tampoco hay nada que hacer”, comenta.

El flujo de personas se reduce drásticamente.
Se mudó desde El Fortín, en el noroeste de la urbe, buscando un sitio menos conflictivo. “Encontrar alquiler aquí fue fácil, es lo que más hay”, dice. Sin embargo, cuestiona el abandono del espacio público: “Me gustaría que se pavimente mejor, no se ve obra para los que vivimos acá”.
A pocas cuadras, en Cuenca y Chile, Paola Alvarado resiente el declive. Desde que el aledaño edificio Multicomercio se quemó, la vida nocturna de su cuadra se extinguió. “Se desocuparon diez departamentos. Yo no he podido trabajar. Estamos aquí abajo, conversando entre nosotros para que los niños jueguen en la vereda. De no ser por la luz de la tienda de la esquina, no saldría”, narra.

Paola y su familia, en la vereda del condominio donde viven.
Allí, un grupo de estibadores brinda por el día acabado, mientras otros transeúntes trotan hacia la Metrovía. “Tocó hacer inventario, la bodega queda a la vuelta”, dicen apresurados, motivados por la prisa de la distancia y la innegable sensación de inseguridad.
Chris Huiracocha pasea a sus perros por el sector. Confiesa que no se atrevería a salir solo. “Hay gente sin hogar que es violenta, duermen en las aceras. Son vías botadas por donde pasan muchas motos”, asegura a EXPRESO.

La Bahía también se vuelve un dormitorio.
De hecho, entre Olmedo y Malecón, los estrechos callejones donde de día se ofrece tecnología a gritos, de noche son el refugio de celadores y personas en situación de calle que duermen pegados a las mallas metálicas.
Este abandono habitacional tiene una explicación estructural. Florencio Compte, arquitecto y académico, lo expone con cifras claras: “Si uno toma las parroquias Rocafuerte, 9 de Octubre, Roca, Carbo y Bolívar, menos del 3 % de la población de Guayaquil vive en el centro. Es un proceso de abandono hacia la periferia que empezó en la década de 1950”.
Según el experto, el centro se vuelve peligroso después de las horas laborales precisamente porque “nadie vive ahí y nadie quiere circular por una zona abandonada”.

Noche en el centro de Guayaquil.
Revertir esto requiere que el Municipio provea servicios educativos, de salud y seguridad, otorgando incentivos.
Compte cita el modelo de Río de Janeiro: “Hacían un canje. Si la empresa privada quería construir en la periferia, el municipio le reducía impuestos siempre y cuando invirtiera también en vivienda en el centro”.
Guayaquil
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La dinámica laboral sella el vacío. El gestor cultural Luis Alberto Illescas señala que el sector bancario e institucional marca su salida a las 17:30 y huye a sus casas.
“El centro tuvo un espíritu bohemio y nocturno que se ha ido mutilando. En 2006, la Espol de Las Peñas era vital, había ‘jams’ de jazz los miércoles hasta las tres de la mañana”, recuerda.
Hoy, la población residente es mayoritariamente de la tercera edad, un grupo que suele rechazar las iniciativas de reactivación por el ruido.

En ciertos tramos, se ven niños jugando en la calle.
Para Illescas, urge un censo sectorial y despolitizar la gestión cultural para revivir el casco urbano mediante alianzas.
Pese al panorama, la esperanza de una reactivación subsiste. Holbach Muñetón, presidente de la Federación de Cámaras de Turismo del Ecuador, cree que el centro “está medio agonizando, pero tiene un potencial enorme en vivienda, turismo y arquitectura. Hay que transformar el centro de amenazas a oportunidades, como ocurrió en el sector de Brickell en Miami, que antes daba miedo”, explica.
Esa es la misma fe que guarda Carlo Peñaherrera, de 29 años, residente en Malecón e Imbabura. Añora las caminatas nocturnas de su niñez al parque Seminario. Aunque la presencia militar en los bajos de su edificio le da alivio, el miedo acecha. “A la enfermera de mi abuelita le robaron a dos cuadras. Me da recelo”. Sin embargo, se aferra a la idea de un cambio inminente.
Vivir cerca de los puntos históricos, asegura, sigue siendo una experiencia que la ciudad no debe dejar morir en la oscuridad.

Ciudadanos se asoman al balcón, en un condominio del centro de Guayaquil