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Paradigma en America Latina

La hegemonía gozada por gobiernos de centroizquierda e izquierda populista en América Latina durante gran parte de la última década parece estar llegando a su fin, a medida que partidos de centroderecha van ganando terreno en países como Argentina, Brasil, Guatemala, Paraguay y Perú. Lo que no debiera sorprendernos.

Los últimos 40 años de historia evidencian que los ciclos políticos en América Latina están altamente sincronizados y tienden a reflejar los vaivenes de los ciclos económicos. Entre 1974 y 1981, América Latina creció a razón del 4,1 % anual, en comparación con un promedio histórico de 2,8 %. Cuando el precio del petróleo se disparó en los años 70, los “petrodólares” generados como resultado inundaron la región y financiaron incrementos del gasto público y burbujas inmobiliarias, generando una bonanza económica. En ese entonces, el auge económico fue atribuido al restablecimiento del orden y la estabilidad que supuestamente habían impuesto los regímenes autoritarios. Mas a comienzos de los años 80, el entonces presidente de la Reserva Federal de EE.UU. Paul Volcker cambió de rumbo súbitamente y anunció una suba de la tasa de interés para reducir la inflación. El “shock de Volcker” representó un triple golpe para América Latina: EE.UU. entró en una profunda recesión, los precios de las materias primas se desplomaron, y los capitales dejaron de entrar al continente y comenzaron a fugarse de América Latina, atraídos por los altos rendimientos ofrecidos por instrumentos del Tesoro americano. El resultado fue una “década perdida” de depresión económica y estancamiento. Por tanto eventualmente todas las dictaduras de la región con excepción de la de Cuba fueron depuestas. En su mayoría, las dictaduras militares fueron reemplazadas por gobiernos democráticamente electos de centroderecha, que modificaron el paradigma económico anterior por el “Consenso de Washington”, que exigía disciplina fiscal, estabilidad de precios, liberalización comercial y financiera, privatización y desregulación.

Cuando llegaron los años 90, el Plan Brady de 1989 ya había resuelto la crisis de deuda latinoamericana al ofrecer reducción de deuda a cambio de reformas económicas, y las tasas de interés en EE.UU. habían retornado a niveles más bajos. América Latina fue nuevamente inundada por capitales extranjeros. En teoría sólo los países y empresas solventes serían capaces de obtener financiamiento. La combinación de democracia con políticas sensatas y creíbles parecía finalmente haber funcionado. Hasta que la crisis financiera asiática de 1997 y el default de Rusia en 1998 explotaron sin previo aviso, generando una enorme fuga de capitales de los mercados emergentes que nuevamente sumió a América Latina en el abismo.

Entrado el nuevo milenio, una América Latina plagada de pobreza y descontento social vio a los gobiernos de centroderecha caer como dominós. Y fueron remplazados por gobiernos de centroizquierda y, líderes populistas. Una vez más, los elevados precios de los productos primarios y un tsunami de capital barato y abundante sustentaron un boom económico sin precedentes durante casi una década, atribuyendo su éxito económico a las políticas del paradigma reinante: ortodoxia económica con redistribución social. Estaban equivocados. En 2012 América Latina se enfrió considerablemente, a instancias de la crisis de la eurozona, y desaceleración económica en China. Algunos países se estancaron, otros entraron en recesiones profundas y los escándalos de corrupción echaron leña al fuego. El reflejo político de esta crisis socioeconómica es un retorno gradual a gobiernos de centroderecha. Y dado que en los tiempos que corren los recursos financieros serán escasos, el gasto social y la inversión en infraestructura deberán ser rediseñados con la eficiencia como principio rector para maximizar el impacto minimizando gastos.

Project Syndicate