Pancho Segura Cano

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Pancho Segura Cano

El Ecuador, amante del tenis en particular y de las glorias deportivas en general, está de luto: se nos fue Pancho Segura. Pocos deportistas ecuatorianos han tenido una tan alta valoración sobre las canchas y en el imaginario colectivo nacional. Dicho de otro modo: pocos han alcanzado las resonancias míticas del gran campeón guayaquileño. Merecidamente además por su bonhomía. Sin sombra de petulancia pese a la grandeza alcanzada que lo llevó durante varios años a figurar en la cumbre mundial del tenis, nunca olvidó, peor renegó de su origen humilde que estaba grabado en la curvatura de sus piernas, víctimas del raquitismo que genera la pobreza cuando impide alimentarse adecuadamente.

Desde que su padre, trabajador del Guayaquil Tenis Club, lo llevó como pasabolas, a esas canchas que tanta gloria deportiva nos han brindado, se enamoró del deporte blanco y con el mecenazgo de algunos socios que se entusiasmaron viéndolo jugar y con una tenacidad a toda prueba, victoria tras victoria se convirtió en invencible. Y entonces no faltó quien le proponga llevarlo a jugar a los Estados Unidos, país donde al final fijó su residencia y se convirtió en profesional y luego en profesor de tenis en el Beverly Hills Tenis Club donde tenía como alumnos a luminarias cinematográficas de ambos sexos.

Yo no tuve la suerte de verlo jugar en vivo y en directo pero, he mirado con admiración grabaciones de sus hazañas tenísticas que lo convirtieron en uno de mis escasos héroes deportivos, desde mis primeros años de preocupación por ese tipo de asuntos. Valga decir que esa admiración me la fomentó mi padre poniéndolo como ejemplo de superación y pundonor.

En efecto, cuando siendo aún niño inquirí por glorias deportivas, enseguida respondió Pancho Segura y me dejó fijada la apreciación en la memoria.

Luego, cuando pude jugar en la cancha que lleva su nombre y comentar con tenistas, la magnitud de las hazañas del que cogía la raqueta con las dos manos, se convirtió en la leyenda a que aludí antes, en mítico.

Ahora que ya no está, sean estas líneas un recuerdo de respetuosa gratitud a su memoria.