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Un pais de duelo

Las trompetas entonaron el toque de silencio y la capilla ardiente, levantada en la Escuela Militar Superior Eloy Alfaro, se inundó con el llanto de los familiares y compañeros de armas de los soldados que fallecieron la tarde del martes en el sector d

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Las trompetas entonaron el toque de silencio y la capilla ardiente, levantada en la Escuela Militar Superior Eloy Alfaro, se inundó con el llanto de los familiares y compañeros de armas de los soldados que fallecieron la tarde del martes en el sector de Fátima, en Pastaza.

Aferrados a los féretros, padres, madres, hijas y esposas no daban crédito a lo que estaba pasando. No aceptaban que los integrantes del curso de maestros de salto, uno de los más importantes en la vida de un militar, no hayan regresado a casa.

Ayer, llegaron a Quito, 17 ataúdes con cuerpos de los soldados. En el aeropuerto de Tababela, cerca de las 11:00, aterrizó el avión C 130 de la Fuerza Aérea. Los féretros fueron recibidos por los allegados de los militares y por el presidente Rafael Correa.

Las cajas mortuorias estaban cobijadas con la bandera de Ecuador. Dos personas se desmayaron cuando vieron cómo eran descendidas del avión Hércules. Fueron atendidas por paramédicos que se ubicaron junto a la pista.

En el área de Protocolo de la terminal aérea estaban los familiares del teniente William Ortiz, una de las víctimas del accidente. No paraban de dar vueltas en el reducido espacio, incrédulos de que el ‘orgullo de la familia’ había partido de un momento a otro.

“Siempre quiso ser militar. Cuando supimos, no lo podíamos creer. Al principio nos dijeron que estaba desaparecido. Luego ya nos avisaron que no había sobrevivientes”, contó a EXPRESO Fernanda Llumiquinga, prima del teniente.

Ortiz, de 30 años, tenía dos hijos de cuatro y un año. Era parte del Grupo de Fuerzas Especiales (GFE) y se preparaba para ser maestro de salto, categoría que se alcanza luego de realizar más de cien desembarcos en paracaídas.

El cortejo fúnebre, encabezado por cinco camiones de la Fuerza Terrestre, recorrió varias calles de Quito antes de llegar a Parcayacu, donde está ubicada la Escuela Militar. En el camino, los quiteños mantuvieron silencio, en señal de respeto. El trayecto tomó algo más de tres horas.

Mientras tanto, se ultimaban detalles de la capilla ardiente y varios pelotones de uniformados, de las tres ramas de las Fuerzas Armadas, enfilaban para hacer una calle de honor. Los comandos paracaidistas ocultaban los ojos llorosos tras oscuras gafas. “Fuerza ‘body’, vamos para adelante” se decían los boinas rojas mientras se daban fuertes abrazos, sin importar si se trataba de oficiales o miembros de la tropa.

El casino de la Escuela Militar lució abarrotado de uniformados, civiles y autoridades del Gobierno. Allí estuvo el ministro del Interior, José Serrano; el secretario del Buen Vivir, Freddy Ehlers o Paola Pabón, secretaria de Gestión de la Política. Ninguno dio declaraciones a la prensa.

También acudieron militares en servicio pasivo como los excomandantes de las Fuerzas Armadas, José Gallardo y Ernesto González y el coronel Luis Hernández. Ellos mostraron su pesar por el accidente que enluta al país.

González contó a este Diario que trabajó y conocía a la mayoría de las víctimas de la tragedia. Los calificó como profesionales de altísimo nivel en la rama militar.

“En ese grupo había voluntarios, estaban hijos de sargentos, hijos de suboficiales, hijos de oficiales, entonces es la familia militar la que se encuentra en momentos de dolor. Con la formación que tenemos debemos recuperarnos en poco tiempo y corregir lo que haya que corregir”, dijo el oficial.

Luego de la eucaristía, que se celebró en la capilla ardiente, se leyó el decreto presidencial en el que se declaró Duelo Nacional hasta hoy. La bandera nacional será izada a media asta en los edificios públicos y privados. Además, el Estado se comprometió a brindar todo el apoyo a los deudos de los militares fallecidos.

El vicealmirante Oswaldo Zambrano Cueva, jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, recordó que la vida militar entraña varios riesgos que los uniformados aceptan con honor.

“Esto no es un adiós, es un hasta pronto. Estamos convencidos y tenemos fe de que existe un lugar en el cielo donde nuestra patrulla de 22 soldados nos estará esperando”, dijo.

Al final, los 17 féretros fueron entregados a las respectivas familias que, ayer mismo, los llevaron a sus ciudades de origen en donde los velarán en la intimidad de sus hogares.

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