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Obama en Arabia

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La visita a Arabia Saudita del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, esta semana, para asistir a la cumbre del Consejo de Cooperación del Golfo, se da en uno de los peores momentos de la relación entre ambos países. Aun así, por negativa que sea la imagen que la mayoría de estadounidenses tienen de Arabia Saudita, esta sigue siendo un importante aliado regional. Sería bueno que Obama encarrile la relación bilateral.

Arabia Saudita, origen de uno de cada nueve barriles de petróleo que se consumen en el mundo, es un elemento clave de la economía global, y la estabilidad de su gobierno es crucial para el orden internacional. Si la dinastía de los Saud cayera y el país se fragmentara en territorios rivales gobernados por facciones yihadistas y tribus, las guerras civiles en Siria y Libia parecerían conflictos menores en comparación. El derrumbe del Estado saudita se extendería en poco tiempo a los países vecinos del Golfo, dando curso a una implosión regional con consecuencias humanitarias inimaginables. EE. UU. se vería obligado a implicarse militarmente en la región, aunque solo sea para proteger los suministros de gas y petróleo de los que depende la economía global. Una causa importante del deterioro de la relación bilateral es la decisión de Obama de reducir el involucramiento directo de EE. UU. en Medio Oriente. En Arabia Saudita, la sensación de haber sido abandonada por EE. UU. produjo un cambio de conducta muy drástico. La monarquía se convenció de que no puede contar con la ayuda del Gobierno de Obama, lo que pone en entredicho una relación de décadas, en la que EE. UU. garantizaba la seguridad de Arabia Saudita a cambio de apoyo económico y político. Esto llevó al reino saudita a romper su larga tradición de hacer diplomacia con discreción y maniobrar en segundo plano. Ahora se volvió más agresiva y militarista. Cortó relaciones diplomáticas con Irán, retiró el apoyo financiero a Líbano y se lanzó a una guerra incierta pero devastadora en Yemen contra lo que considera títeres de Irán. Sanar la relación no será fácil. La oferta de vender más armamentos a los países del Golfo (que Obama concretará esta semana) no puede sino envalentonar a los actores regionales y agravar aún más la situación. Obama lograría mucho más si en vez de eso, ofreciera una promesa explícita de que EE. UU. defenderá a los países del CCG contra agresiones externas de cualquier tipo. A cambio, EE. UU. podría obtener concesiones en los frentes interno y regional. El reino saudita inició hace poco una importante reforma de su gobierno y reestructuración de su economía. EE. UU. podría exhortar a que este esfuerzo incluya fortalecer la responsabilidad política y la transparencia en la asignación de los ingresos petroleros. La concreción de estas reformas aseguraría la longevidad de la monarquía y la estabilidad del país. EE. UU. también puede convencer al Gobierno saudita de que empiece negociaciones con Irán, lo que reduciría las tensiones en una variedad de frentes, incluidos Irak, Líbano, Baréin y Yemen. Si no, una intervención militar de EE. UU. (más temprano que tarde) será casi inevitable.

Project Syndicate

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