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El Neville Chamberlain de EE. UU.

Cuando los países se ponen nerviosos por su seguridad, suelen insistir en que necesitan reducir su dependencia de los productos extranjeros, acortar las cadenas de suministro y producir más productos a nivel nacional. Ahora bien, ¿el proteccionismo realmente mejora la seguridad? Los debates en torno al comercio tienden a estar plagados de falsedades. Se suelen presentar los aranceles a las importaciones y otras medidas similares como herramientas convenientes de política exterior que favorecen el bien general, mas, resulta evidente que este tipo de medidas en verdad premian a determinadas personas, y representan una forma injusta de tributación. El presidente norteamericano, Donald Trump, cree que los aranceles son una respuesta razonable a prácticas monetarias injustas y amenazas a la seguridad nacional. Pero, concretamente, los aranceles ayudarán a determinados productores e individuos al encarecer los productos de sus competidores. El problema es que los aranceles inevitablemente obligan a los consumidores domésticos a asumir los costos de ese subsidio, al pagar precios más altos. La afirmación de Trump sobre lo bueno de “las guerras comerciales” no tiene nada de nuevo. Cuando Neville Chamberlain se desempeñaba como ministro de Hacienda de Gran Bretaña en 1932, revirtió la posición centenaria de su país como paladín del libre comercio. Preocupado por el déficit comercial de larga data de Gran Bretaña, anunció un nuevo “sistema de protección” que esperaba utilizar “para negociaciones con países extranjeros que hasta ahora no han prestado demasiada atención a nuestras sugerencias”.
Chamberlain concluyó que era “prudente armarnos de un instrumento que resulte tan efectivo como los que se pueden usar para discriminarnos en los mercados extranjeros”. Con ello, estaba preparando el camino a la II Guerra Mundial. Su política comercial debilitó a Gran Bretaña y fortaleció a Alemania. Y, en apenas seis años, su política de apaciguamiento hacia el régimen de la Alemania nazi alcanzaría su pináculo con el Acuerdo de Múnich de 1938, que Hitler descartó seis meses después al destruir lo que quedaba de Checoslovaquia y ponerla bajo el control del Tercer Reich. El período entreguerras estuvo dominado por el miedo de un resurgimiento nacionalista alemán. Para las potencias occidentales, contener a Alemania exigiría un sistema de alianzas o un pacto de seguridad colectiva más ambicioso. Francia defendió un acuerdo en el que su alianza con Polonia, más la “Pequeña Entente” de Checoslovaquia, Rumania y Yugoslavia, contendría el expansionismo húngaro y alemán. Gran Bretaña prefirió la segunda opción y consideró que la Liga de Naciones era el instrumento más efectivo para defender la integridad territorial. Ambas estrategias colapsaron en la Gran Depresión debido, principalmente, a las propias políticas proteccionistas de Francia y Gran Bretaña. Ambos países viraron abruptamente a una política de aranceles elevados y cuotas de importación que dieron preferencia a productos de sus imperios en el exterior. El resultado fue que los productores industriales de Checoslovaquia y los exportadores agrícolas rumanos y yugoslavos ya no podían venderle a Europa occidental, pero se volvieron cada vez más dependientes de la Alemania nazi.
La lección de la Gran Depresión es clara: las guerras comerciales destinadas a fortalecer la seguridad nacional en verdad terminan socavándola. Esto es especialmente válido en el caso de las alianzas defensivas, porque las barreras comerciales obligan a los aliados a forjar vínculos más estrechos con la misma potencia revisionista que supuestamente había que contener.
Éste es precisamente el escenario que está en juego hoy.